Linda Goodman había demostrado que un libro dedicado a los doce signos podía vender millones de ejemplares. Las columnas astrológicas seguían creciendo. A mediados de los años setenta, incluso personas sin interés especial por la astrología acostumbraban a saber cuál era su signo y conocían algunas de las características que se le atribuían. Farnell recoge además un estudio estadounidense según el cual las columnas de horóscopos estaban entre las secciones más populares de los periódicos para lectores de catorce a veinticinco años.
La astrología popular había conseguido una presencia cultural extraordinaria. Y precisamente entonces llegó una de las respuestas más contundentes que había recibido en el siglo XX.
En 1975, 186 científicos firmaron una declaración pública titulada Objections to Astrology. Entre ellos había astrónomos, astrofísicos, investigadores de otras disciplinas y dieciocho premios Nobel. El documento no pasó desapercibido: fue enviado a periódicos de Estados Unidos y Canadá, llegó a la portada de The New York Times y acabó generando una polémica internacional.
Pero para entender realmente qué estaba ocurriendo conviene fijarse en algo que suele perderse cuando se resume este episodio. Buena parte de la preocupación no estaba dirigida a un tratado técnico de astrología natal. Estaba dirigida a la astrología que millones de personas encontraban cada día en los periódicos.
El éxito había convertido la astrología en un problema público
Las críticas científicas a la astrología no empezaron en 1975. Farnell recuerda que desde los años treinta aparecían periódicamente artículos que comparaban predicciones con los acontecimientos posteriores o cuestionaban la astrología junto a otras prácticas adivinatorias.
La diferencia estaba ahora en la escala. Durante los años sesenta y setenta, la astrología había dejado de ocupar un espacio marginal. Las columnas aparecían regularmente en los medios, los libros de signos solares alcanzaban enormes ventas y la cultura juvenil había incorporado referencias zodiacales con absoluta normalidad.
Para algunos científicos aquello ya no era una curiosidad menor. Era una influencia cultural que consideraban necesario combatir.
El impulsor principal de la declaración fue Paul Kurtz, editor de The Humanist, quien reunió las firmas después de expresar su preocupación por el crecimiento de la astrología en Estados Unidos. El texto fue redactado por el astrónomo Bart Jan Bok.
¿Qué decían exactamente? La declaración advertía contra la aceptación sin examen crítico de predicciones y consejos astrológicos. Sus firmantes sostenían que no existía una base científica para las afirmaciones de la astrología y rechazaban la idea de que las fuerzas ejercidas por estrellas y planetas en el nacimiento pudieran determinar el futuro de una persona. También criticaban de forma explícita la difusión de horóscopos y predicciones por periódicos, revistas y editoriales.
Conviene detenernos aquí porque aparece una cuestión metodológica que nos afecta directamente. La declaración hablaba de la influencia física de los astros como si esa fuese necesariamente la explicación propuesta por toda forma de astrología. Sin embargo, a lo largo de esta serie hemos visto tradiciones, técnicas y justificaciones muy distintas.
Eso no resuelve la cuestión de si las afirmaciones astrológicas están demostradas. Sí nos recuerda algo importante: criticar una disciplina exige definir con precisión qué afirmación concreta se está evaluando. Y en 1975 buena parte de la discusión se estaba produciendo precisamente sobre su forma más visible y simplificada.
Bart Bok estaba especialmente preocupado por los horóscopos de prensa
Farnell señala que Bok dedicaba buena parte de sus objeciones a la astrología de signo solar. Le preocupaba que los periódicos publicasen regularmente este tipo de material y sostenía que muchas personas que más tarde se interesaban seriamente por la astrología habían empezado precisamente leyendo las columnas diarias.
Curiosamente, esa observación coincide en parte con algo que vimos ayer desde una posición completamente distinta. James Holden afirmaba que muchas personas que terminaron convirtiéndose en astrólogos habían llegado inicialmente a la disciplina mediante materiales de signo solar. El fenómeno que describían ambos era el mismo; solo cambiaba la valoración: donde Bok veía un problema, Holden veía una puerta de entrada.
Y eso nos permite comprender mejor por qué el signo solar terminó ocupando un lugar tan incómodo. Para quienes defendían una astrología compleja, podía parecer una reducción excesiva. Para algunos críticos científicos, era precisamente la forma de astrología que más preocupaba porque tenía una difusión enorme. Para el público, entretanto, era la forma más sencilla de acercarse a ella.
Dos científicos conocidos se negaron a firmar
Aquí aparece uno de los episodios más interesantes.
No todos los científicos invitados aceptaron sumarse a la declaración. Entre quienes rechazaron firmarla estaban Freeman Dyson y Carl Sagan.
En el caso de Sagan, la razón es especialmente reveladora. No estaba defendiendo la validez de la astrología: de hecho, expresó claramente que no consideraba que tuviera validez. Su objeción estaba en el tono y en parte de la argumentación utilizada. Sagan consideraba que afirmar que no conocemos un mecanismo capaz de explicar la astrología era un argumento relevante, pero insuficiente para descartarla por sí solo. También temía que una condena excesivamente autoritaria reforzara precisamente la imagen de una ciencia rígida y cerrada que los firmantes querían combatir.
Es una distinción muy valiosa. Puede rechazarse una afirmación y, al mismo tiempo, considerar deficientes algunos de los argumentos empleados para rechazarla. Eso forma parte del pensamiento crítico tanto como exigir pruebas a quien formula una afirmación extraordinaria.
La polémica tuvo una consecuencia institucional
La declaración no quedó reducida a una carta pública. En 1976, varias personas vinculadas a este movimiento participaron en la creación del Committee for the Scientific Investigation of Claims of the Paranormal, conocido durante décadas por sus siglas CSICOP.
Entre sus miembros iniciales o colaboradores encontramos nombres como Paul Kurtz, Martin Gardner, Ray Hyman, James Randi y Marcello Truzzi. El propósito declarado de la organización era examinar de manera crítica afirmaciones relacionadas con fenómenos paranormales y publicar los resultados de esas investigaciones.
La astrología pasó así a formar parte de un debate organizado y mucho más visible entre defensores de diferentes formas de investigación, escépticos y astrólogos.
En 1984, CSICOP volvió a centrar parte de su atención específicamente en las columnas de signo solar y pidió a periódicos y revistas estadounidenses que añadieran avisos indicando que se publicaban únicamente como entretenimiento y carecían de base factual. Algunas cabeceras aceptaron; otras rechazaron hacerlo.
El horóscopo de periódico ya no era solo entretenimiento. Se había convertido también en objeto de una disputa sobre ciencia, responsabilidad de los medios y credulidad pública.
Aquí tenemos que separar dos preguntas que con frecuencia se mezclan
La primera es si la popularidad de una idea demuestra que sea correcta. Claramente no: millones de lectores, ventas extraordinarias o presencia cultural no constituyen una prueba científica de una afirmación.
La segunda pregunta es distinta: ¿la simplicidad de la astrología de signo solar basta para evaluar toda la astrología? Tampoco necesariamente. Una crítica dirigida a afirmaciones del tipo «todas las personas nacidas bajo el mismo signo compartirán determinadas características» evalúa precisamente esa afirmación. No demuestra automáticamente qué ocurre con cualquier otra técnica astrológica, del mismo modo que defender una técnica más compleja no valida por sí sola la columna del periódico.
Esta distinción parece obvia. Sin embargo, buena parte de la discusión pública sobre astrología ha oscilado históricamente entre ambos extremos. Quien critica la versión más simple puede creer que ha resuelto todo el problema. Quien practica una astrología más compleja puede responder señalando únicamente que la crítica no representa su trabajo. Ninguna de esas respuestas sustituye la necesidad de examinar afirmaciones concretas con criterios claros.
El signo solar terminó atrapado entre dos mundos
Este quizá sea uno de los efectos históricos más importantes de su éxito.
Durante siglos la astrología había desarrollado técnicas muy complejas. Después, para llegar a millones de personas, redujo gran parte de esa complejidad hasta un sistema que podía entenderse con una sola información: la fecha de nacimiento.
Esa simplificación permitió una difusión extraordinaria. Pero también proporcionó a sus críticos un objetivo extraordinariamente visible. Si un científico abría un periódico y encontraba doce breves predicciones generales, era comprensible que esa fuese la astrología que veía. Mientras tanto, un astrólogo que trabajaba con carta natal, casas, aspectos, regencias y técnicas predictivas podía afirmar que aquello representaba una fracción mínima de su disciplina.
Ambas experiencias podían coexistir porque la expresión «astrología» estaba designando cosas muy diferentes. El éxito del signo solar había creado un problema de representación: la forma más conocida de la astrología ya no era necesariamente la que muchos astrólogos consideraban más representativa.
Las críticas no frenaron su crecimiento
Aquí la historia vuelve a sorprender.
Según Farnell, la campaña de 1975 no consiguió reducir el interés por la astrología. En los años posteriores siguió creciendo el número de columnas de signos solares en la prensa.
Eso tampoco demuestra que los críticos estuvieran equivocados. Demuestra otra cosa: que una discusión científica y una tendencia cultural no se mueven necesariamente al mismo ritmo. Una práctica puede ser intensamente cuestionada y continuar creciendo porque satisface necesidades sociales, narrativas, identitarias o de entretenimiento que no dependen exclusivamente de su estatus científico.
En el caso del signo solar, esa función ya llevaba décadas consolidándose. Las personas no lo utilizaban únicamente para realizar predicciones. Lo usaban para hablar de personalidad, relaciones, compatibilidad, identidad e incluso para iniciar una conversación. Una declaración de científicos difícilmente podía hacer desaparecer de un día para otro algo que había penetrado tan profundamente en la cultura cotidiana.
Y el debate sigue planteando una cuestión útil
Más allá de tomar partido, esta parte de la historia nos obliga a formular mejor las preguntas.
Si queremos investigar astrología seriamente, no basta con decir «la astrología funciona». Pero tampoco parece suficiente plantear «la astrología no funciona». Antes hay que especificar qué estamos examinando: ¿una columna diaria por signo?, ¿rasgos de personalidad asociados al Sol?, ¿una carta natal completa?, ¿una técnica predictiva concreta?, ¿una hipótesis estadística?, ¿una correspondencia simbólica? Cada una exige definir qué afirma, qué datos permitirían evaluarla y qué resultado contaríamos como evidencia a favor o en contra.
Para quienes practicamos astrología, quizá esa sea una consecuencia útil de la crítica: obliga a precisar qué estamos diciendo realmente. Y esa exigencia resulta especialmente necesaria cuando hablamos del signo solar, porque ninguna otra forma de astrología ha sido tan difundida, tan simplificada y tan discutida.
Pero todavía esperaba una polémica aún más popular
La controversia de 1975 cuestionaba la validez de la astrología. La siguiente pondría en cuestión algo aparentemente mucho más básico: si los doce signos que utilizamos son siquiera los correctos.
Cada cierto tiempo reaparece una noticia asegurando que el zodiaco está equivocado porque existe un «decimotercer signo». Su nombre es Ofiuco. Y la historia suele presentarse como si astrónomos modernos hubieran descubierto un error que los astrólogos habían ignorado durante dos mil años.
La realidad histórica es bastante distinta.
Si acabas de descubrir esta serie, puedes suscribirte gratuitamente para recibir las siguientes entregas a medida que las vaya publicando.
Mañana: Ofiuco, el supuesto signo número 13 y por qué la noticia de que «tu signo ha cambiado» vuelve una y otra vez.


