Imagina que vives en la Europa del siglo XVII. No tienes periódico diario, no existe la radio, no hay televisión ni, por supuesto, Internet. Puede que incluso tengas muy pocos libros en casa.
Sin embargo, hay una publicación que compras cada año y consultas durante meses. Te dice cuándo saldrá y se pondrá el Sol. Te muestra las fases de la Luna. Anuncia eclipses. Incluye consejos sobre salud, cosechas y tiempo atmosférico. Puede contar alguna historia, hablar de personas conocidas e incluso anticipar lo que, según su autor, cabe esperar del año que empieza.
Y casi siempre hay astrología.
Es un almanaque.
Durante varios siglos, los almanaques fueron uno de los grandes medios de comunicación popular de Europa. Para nuestra historia tienen una importancia enorme: cuando otras formas más técnicas de astrología perdieron prestigio, ellos mantuvieron la astrología delante de una cantidad inmensa de personas.
Antes del libro había madera, metal y cuernos
Los almanaques no comenzaron siendo pequeños libros impresos. Durante los siglos XIII, XIV y XV podían fabricarse con madera, metal o cuerno.
Algunos consistían en bloques de madera con muescas y símbolos que marcaban los meses lunares, los domingos y determinadas festividades religiosas. Podían colgarse en una casa para que sirvieran como referencia común e incluso incorporarse a un bastón.
El sistema era sencillo: una marca indicaba el inicio de un mes, otra señalaba una fiesta religiosa. San Valentín podía representarse mediante un nudo de enamorados; San David, mediante un arpa; Navidad, con un cuerno utilizado para brindar. Junto a todo esto estaban los ciclos lunares.
No era astrología de signo solar. Era algo anterior y culturalmente fundamental: el calendario, el cielo y la vida cotidiana continuaban formando parte del mismo sistema de referencias.
Los almanaques manuscritos destinados a personas con mayor formación podían contener bastante más. Farnell recoge el contenido de uno fechado en 1386: incluía las casas de los planetas y sus propiedades, una explicación de los signos, notas de medicina, información sobre sangrías y tablas relacionadas con el calendario. Astrología, salud y organización del tiempo compartían páginas.
Después llegó la imprenta
La tecnología que vimos ayer con The Kalender of Shepherdes multiplicó el alcance de todo aquello. Los almanaques impresos podían producirse de manera barata y comprarse masivamente. Llegaban también ejemplares desde el continente europeo.
¿Qué encontraba el lector? Pronósticos meteorológicos, previsiones sobre las cosechas, días considerados favorables o desfavorables, estimaciones sobre el precio futuro de cereales, frutas y otros productos, información astronómica y astrología.
A primera vista puede parecer una combinación caótica. Para alguien de aquella época tenía bastante más coherencia: saber qué tiempo podía hacer afectaba a la cosecha, la cosecha afectaba al precio de los alimentos, las fases lunares se utilizaban en agricultura y medicina, y los movimientos planetarios servían para construir las previsiones astrológicas. El almanaque intentaba ofrecer, en unas pocas páginas, una orientación para atravesar el año que comenzaba.
No era un calendario que se miraba una vez
El formato terminó adquiriendo una estructura bastante reconocible. Primero podía aparecer una introducción con los ciclos astronómicos y los eclipses previstos para el año. Después venían doce páginas, una por mes. En cada una aparecían las fases de la Luna y otra información astronómica, como aspectos del Sol o de la Luna con los planetas; se añadían las horas de salida y puesta del Sol, la edad lunar y otros datos. Al terminar el calendario podían aparecer consejos de salud, historias, interpretaciones astrológicas e incluso páginas en blanco.
Este último detalle ayuda a comprender la función de la publicación. El almanaque no estaba diseñado únicamente para ser consultado; también se leía. Para algunas personas, señala Farnell, podía ser incluso el único material de lectura que tuvieran regularmente a su alcance.
Eso cambia completamente la importancia que podemos concederle. Si queremos saber cómo llegó la astrología a la población general, no basta con estudiar los grandes tratados de los astrólogos. Hay que mirar lo que la gente compraba.
El hombre zodiacal seguía ahí
Muchas de estas publicaciones contenían una imagen que ya hemos encontrado anteriormente en nuestra historia: el hombre zodiacal, o homo signorum. Una figura humana aparecía rodeada por los doce signos, cada uno asociado con una parte del cuerpo: Aries con la cabeza, Tauro con el cuello, Géminis con brazos y hombros, Cáncer con el pecho, Leo con el corazón y la zona superior de la espalda, Virgo con el abdomen, Libra con la región lumbar y los riñones, Escorpio con los órganos sexuales, Sagitario con muslos y caderas, Capricornio con las rodillas, Acuario con las piernas y Piscis con los pies.
Así el lector podía relacionar la posición zodiacal de la Luna con determinadas prácticas médicas. La tradición del hombre zodiacal aparece en almanaques desde al menos comienzos del siglo XIV y sobrevivió durante siglos. En Estados Unidos continuó siendo habitual hasta el siglo XIX; en Inglaterra fue desapareciendo antes, y Farnell señala su última aparición en un almanaque inglés en 1828, dentro de Poor Robin.
Aquí tenemos, además, la oportunidad de comprobar algo que iremos viendo repetidamente: los doce signos funcionaban ya como un vocabulario conocido. No hacía falta explicar desde cero qué era Tauro o Piscis cada vez que aparecían.
También había famosos
Los almanaques no vivían únicamente de agricultura, medicina y astronomía. A sus lectores les interesaban las personas conocidas. En esto tampoco somos tan diferentes.
La familia Laet, que publicaba almanaques desde Amberes, se especializó parcialmente en pronósticos sobre personajes relevantes. En una ocasión anunció que Enrique VIII de Inglaterra tendría inclinación a pasar el tiempo entre mujeres hermosas. Más adelante predijo que tendría problemas matrimoniales.
Conociendo la historia posterior del monarca, la segunda afirmación resulta especialmente llamativa, aunque conviene recordar que estamos leyendo predicciones históricas, no evaluando aquí su método ni reconstruyendo las condiciones exactas en que fueron formuladas.
Lo importante es el formato: personaje famoso, predicción astrológica, publicación popular. La combinación que hoy puede aparecer en una revista, un vídeo o una red social tiene antepasados bastante antiguos.
Los leía prácticamente todo el mundo
Sería fácil imaginar los almanaques como lecturas destinadas exclusivamente a campesinos sin educación. La realidad fue bastante más amplia.
Farnell menciona ejemplares pertenecientes a Lord Burghley, tesorero de Isabel I, algunos anotados por él mismo. También los compraban nobles, militares, obispos, profesores universitarios y marineros. El almanaque atravesaba las clases sociales.
Eso resulta decisivo para entender su importancia. No estamos ante una pequeña supervivencia clandestina de la astrología. Estamos ante un producto editorial popular que combinaba conocimientos aceptados, tradiciones, creencias, entretenimiento y astrología. Y sus ventas fueron enormes.
Cientos de miles de ejemplares
En el siglo XVII, la compañía de impresores londinenses restringía normalmente la tirada de muchos libros a unos 1.500 ejemplares. Los almanaques estaban exentos de esas limitaciones, igual que los libros de oración, las gramáticas y los catecismos.
Algunos se vendían por decenas de miles. Farnell recoge que para 1664 las cifras se encontraban ya en torno a los 400.000 ejemplares, y que durante el siglo XVII se vendieron varios millones de almanaques.
Pensemos lo que significa esto en una sociedad con una población muy inferior a la actual. No hacía falta estudiar astrología ni buscar a un astrólogo: la astrología llegaba hasta la mesa de la cocina.
Hasta cuando la astrología perdió prestigio, el almanaque siguió vendiéndose
A finales del siglo XVII comenzó un periodo complicado para la astrología culta europea. En las universidades perdió posición, entre muchos intelectuales pasó a considerarse superstición y se publicaron menos tratados técnicos.
Si solo siguiéramos la historia a través de esos libros especializados, podríamos concluir que la astrología casi había desaparecido.
Los almanaques cuentan otra historia. Continuaron vendiéndose durante todo el siglo XVIII y entraron con fuerza en el XIX. Uno de los casos más extraordinarios fue Vox Stellarum, iniciado en 1699 por Francis Moore y conocido popularmente como Moore’s Almanack. En 1801 vendió 362.449 ejemplares. En 1838 superó los 517.000.
Más de medio millón de ejemplares de un almanaque que continuaba publicando creencias astrológicas relacionadas, entre otras cosas, con el tiempo y la medicina. La astrología técnica podía estar perdiendo prestigio en las universidades, pero la popular seguía encontrando lectores por cientos de miles.
¿Y los signos solares?
Aquí conviene no confundir dos historias. La historia de los almanaques no es exactamente la historia de la astrología de signo solar. Farnell lo advierte expresamente: su importancia está en que mantuvieron viva y masiva la astrología popular durante siglos.
Aun así, algunos almanaques sí incorporaron interpretaciones basadas en el signo solar. Uno publicado bajo el popular seudónimo Arcandam determinaba, por ejemplo, el destino de las mujeres según el signo solar bajo el que habían nacido.
Y aquí, siguiendo el criterio que hemos fijado para esta serie, merece más sentido utilizar los signos que realmente aparecen documentados en la fuente, en lugar de recurrir siempre a Aries. El panorama que ofrecía Arcandam no era precisamente amable: según el texto, las nacidas bajo Tauro tenderían al robo; bajo Géminis, a la mentira; bajo Escorpio, a la prostitución; y bajo Sagitario, a la brujería. Farnell comenta con ironía que parecía quedar poco lugar seguro dentro del zodiaco.
No tenemos que tomar esas caracterizaciones como representativas de lo que hoy entendemos por esos signos. Sirven para otra cosa: demuestran que la idea de clasificar a las personas según el signo ocupado por el Sol estaba entrando también en publicaciones populares.
La astrología sobrevivió porque no dependía de los astrólogos cultos
Esta es quizá la idea central de esta entrega.
La historia tradicional suele contar que la astrología entró en decadencia al terminar el siglo XVII y que volvió a recuperarse mucho después. Eso describe razonablemente lo ocurrido con una parte de la astrología intelectual. Describe mucho peor lo que ocurría fuera de las universidades.
Mientras algunos sectores cultos la rechazaban, millones de almanaques continuaban llevando información astrológica a la población. También sobrevivían curanderos, adivinos y personas conocidas en Inglaterra como cunning folk: hombres y mujeres a quienes se consultaba por enfermedades, objetos perdidos, relaciones, problemas cotidianos y pronósticos. Entre las herramientas que utilizaban podía estar la astrología.
La tradición no desapareció: cambió de posición social.
El verdadero antepasado de nuestros medios astrológicos
Después de ocho entregas empieza a verse un patrón. La astrología popular crece cuando encuentra un medio que reduce la dificultad de acceso: el calendario permitió organizar el cielo, la imprenta multiplicó los ejemplares y el almanaque puso información astrológica delante de cientos de miles de personas. Más adelante harán algo parecido, sucesivamente, los periódicos, las revistas, Internet y las redes sociales. Cada tecnología modifica el formato, pero también modifica quién puede participar.
Y los almanaques dieron un paso fundamental: convirtieron la astrología en contenido periódico. Cada año aparecía una nueva edición, que hablaba del tiempo que venía, de los eclipses, de la Luna, de los planetas, de lo que convenía observar. El lector sabía que el siguiente año habría otro. Es difícil no reconocer ahí el principio de una relación editorial que todavía existe.
La astrología ya no dependía únicamente de buscar una consulta: podía llegar regularmente al lector.
Y precisamente en el siglo XVII esa combinación de imprenta, almanaques, astrología y público produciría una de las figuras más famosas de toda la historia astrológica inglesa. Un hombre que escribió para decenas de miles de personas, atendió a clientes de todas las clases sociales, participó en las tensiones políticas de su época y llegó a ser interrogado por el Parlamento después del Gran Incendio de Londres.
Se llamaba William Lilly.
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Mañana: William Lilly y la época en que un astrólogo podía convertirse en una figura pública nacional.


