Después de la polémica científica, de Linda Goodman y de Ofiuco, podría parecer que el signo solar había recorrido ya casi todo el camino posible.
Había entrado en los periódicos, las revistas, los libros, la música y la televisión. Servía para hablar de personalidad, relaciones e identidad. Millones de personas conocían su signo aunque nunca hubieran estudiado una carta natal.
Durante los años ochenta y noventa ocurrió algo más: toda aquella familiaridad empezó a convertirse en una industria. No porque el signo solar cambiara técnicamente, sino porque aparecieron nuevos medios capaces de explotarlo de formas que hasta entonces no existían.
La columna seguía ahí, pero ya no estaba sola.
La astrología se había convertido en parte del lenguaje de la cultura popular
Kim Farnell dedica buena parte de este periodo a mostrar hasta qué punto los signos habían dejado de necesitar explicación.
Aparecían en novelas, series de televisión, canciones, videojuegos y relatos de fantasía. Terry Pratchett y Neil Gaiman podían bromear con horóscopos; The Sims utilizaría signos zodiacales asociados a rasgos de personalidad; otros videojuegos incorporarían relaciones entre signos o referencias astrológicas como parte de sus reglas.
Lo importante no es decidir si cada una de esas apariciones representa bien la astrología. Importa que el público entendía la referencia. Un guionista podía escribir «Escorpio» para sugerir inmediatamente una determinada personalidad. Un juego podía asignar un signo a un personaje sin detenerse a explicar de dónde procedía la idea. Un cantante podía mencionar Piscis, Sagitario o la compatibilidad entre signos y confiar en que buena parte de la audiencia captara el sentido.
El zodiaco funcionaba ya como un vocabulario cultural compartido.
Desde Japón llegó además una nueva generación de referencias astrológicas
Farnell destaca un fenómeno que solemos olvidar cuando contamos esta historia únicamente desde Europa y Estados Unidos.
A finales de los años ochenta, Japón vivió un importante auge de distintas formas de adivinación. La astrología occidental apareció con fuerza en revistas femeninas, televisión y otros espacios cotidianos, mientras se mezclaba con tarot, quiromancia y tradiciones locales. Ese movimiento acabaría regresando a Occidente a través de otro fenómeno cultural: el manga y el anime.
El ejemplo más conocido fue Sailor Moon. La obra de Naoko Takeuchi comenzó a publicarse en Japón en 1991 y después se expandió mediante anime, películas, musicales, videojuegos y publicaciones internacionales. Farnell señala que las correspondencias planetarias y zodiacales forman parte de la construcción de personajes y poderes dentro de la serie.
Para una generación que quizá nunca habría comprado un manual de astrología, nombres como Luna, Venus, Mercurio o Saturno aparecían dentro de una historia de entretenimiento. La astrología ya no tenía que presentarse como astrología: podía estar incorporada a la ficción.
Pero el gran cambio económico llegó por teléfono
Hasta entonces, un horóscopo en un periódico tenía una función bastante clara: ayudaba a vender ejemplares, atraer lectores y mantenerlos fieles a una publicación. El astrólogo cobraba por escribir la columna.
A finales de los años ochenta apareció un modelo diferente. Las líneas telefónicas de tarifa premium permitían que el lector pagara directamente por escuchar contenido astrológico. Eso cambiaba por completo la economía del horóscopo: el periódico ya no ofrecía únicamente unas líneas gratuitas financiadas por la venta del ejemplar o la publicidad, sino que podía convertir a una parte de aquella enorme audiencia en llamadas de pago.
Farnell explica que British Telecom había desarrollado durante los años ochenta distintos servicios telefónicos de entretenimiento. De ahí surgieron también líneas astrológicas asociadas a grandes periódicos.
La columna se había convertido en escaparate, con el teléfono detrás.
En España, el zodiaco también llegó al humor televisivo
Mientras en Reino Unido empezaba a desarrollarse ese nuevo modelo comercial, en España el signo solar estaba alcanzando también una enorme familiaridad cultural.
En 1989, el humorista alicantino Eloy Arenas incorporó al programa de TVE ¿Pero esto qué es? una sección titulada Horroróscopo, dedicada a caricaturizar la personalidad de cada signo.
Arenas explicaría poco después que se había interesado por la astrología precisamente desde la «caracterología de los signos»: buscaba aquellos rasgos que, según la tradición popular, diferenciaban a Aries, Tauro, Géminis y los demás, y los exageraba hasta convertirlos en material cómico. El éxito de aquellas intervenciones dio lugar además a un espectáculo teatral titulado La risa va por signos.
El ejemplo resulta especialmente revelador: para que una parodia funcione, el público tiene que reconocer aquello que se está parodiando. A finales de los años ochenta, también en España podía bromearse en televisión sobre cómo era un Tauro, un Aries o un Géminis confiando en que buena parte de la audiencia entendería inmediatamente la referencia.
Jonathan Cainer mostró hasta dónde podía llegar el modelo
Si Eloy Arenas muestra hasta qué punto el signo solar había entrado en la cultura popular, Jonathan Cainer permite ver hasta dónde podía llegar económicamente ese mismo fenómeno.
Cainer se interesó por la astrología a comienzos de los años ochenta, estudió en la Faculty of Astrological Studies y empezó a publicar una columna en el periódico Today en 1986. Después pasó por cabeceras como Daily Mail, Express y Daily Mirror.
Su verdadera importancia para nuestra historia aparece cuando observamos el modelo de negocio construido alrededor de sus columnas. Según Farnell, Cainer llegó a obtener alrededor de un millón de libras anuales combinando prensa, apariciones mediáticas y servicios telefónicos. El dinero generado por las líneas premium llegó a ser tan importante que formó parte de las negociaciones entre él y los periódicos para los que trabajaba.
Eso nos muestra cuánto había cambiado la situación desde R. H. Naylor. En 1930 el gran descubrimiento editorial había sido que una columna astrológica podía atraer lectores. Sesenta años después, el lector podía convertirse además en cliente directo.
El signo solar funcionaba muy bien para esa transición
No hacía falta empezar desde cero. El público ya conocía el mecanismo: una persona leía unas líneas para Libra en el periódico y encontraba al final una invitación para llamar y escuchar una previsión más amplia. La relación entre contenido gratuito y contenido ampliado aparecía mucho antes de Internet.
La columna ofrecía alcance, y la línea telefónica permitía monetizar una parte de esa atención. El principio nos resulta muy familiar hoy, aunque el medio haya cambiado por completo. Y una vez más, el signo solar tenía una ventaja enorme: permitía segmentar de forma inmediata a millones de personas en doce grupos reconocibles.
No todos los astrólogos ganaban cantidades extraordinarias
El éxito de figuras como Cainer puede producir una impresión engañosa.
Farnell señala que pronto se esperaba que muchos columnistas ofrecieran también servicios telefónicos, aunque la mayor parte de ellos recibía una proporción pequeña del dinero generado después de que operadores, compañías telefónicas y publicaciones tomaran su parte.
Además, durante los años noventa el modelo empezó a perder fuerza. Algunas empresas bloquearon este tipo de llamadas y la llegada de Internet ofreció alternativas mucho más amplias.
Cainer fue una excepción extraordinariamente exitosa. Lo importante está en comprobar que la astrología de signo solar había desarrollado ya una economía propia.
La televisión fabricó también astrólogos reconocibles
El periodo produjo además figuras cuya fama trascendía la columna escrita.
Russell Grant se convirtió en uno de los astrólogos televisivos británicos más conocidos. Después de trabajar en prensa y otros medios, alcanzó una audiencia mucho mayor con su participación en Breakfast Time de la BBC desde 1983.
En los años noventa apareció otro personaje todavía más reconocible para el público británico: Mystic Meg. Entre 1994 y 2000 participó semanalmente en National Lottery Live, asociando predicción, espectáculo televisivo y cultura popular. Farnell recuerda también que había trabajado previamente en prensa y que acabaría vinculada a columnas y otros productos astrológicos.
Aquí vemos otra evolución: el astrólogo ya no tenía que ser únicamente el nombre que aparecía debajo de una columna, sino que podía convertirse en personaje televisivo. El rostro, la voz y la personalidad formaban parte del producto.
La astrología popular estaba aprendiendo a vivir en cada nuevo medio
Esta es probablemente la idea central de la entrega.
El signo solar sobrevivió durante el siglo XX porque se adaptó una y otra vez al medio disponible: primero fueron almanaques y libros populares, después revistas, más tarde periódicos, luego radio y televisión. Durante los ochenta y noventa llegaron las líneas telefónicas, los videojuegos, el manga y nuevas formas de cultura global.
El contenido cambiaba de tamaño y de presentación, pero el mecanismo básico seguía siendo reconocible: doce categorías suficientemente simples para que cualquier persona pudiera localizar la suya sin formación previa. Esa capacidad de adaptación explica parte de su permanencia.
También empezaba a cambiar la escala geográfica
Hasta aquí nuestra historia ha estado muy centrada en Europa y Estados Unidos. El fenómeno japonés muestra que, a finales del siglo XX, ya resulta difícil mantener una narrativa exclusivamente occidental.
Los signos viajan con facilidad. Pueden integrarse en sistemas culturales diferentes, mezclarse con otras formas de simbolismo y regresar transformados a través de productos globales como manga, anime o videojuegos. La astrología popular estaba entrando en un mundo en el que la circulación cultural sería cada vez más rápida, aunque todavía no había llegado su transformación definitiva.
El teléfono tenía un límite que Internet eliminaría
Una línea premium podía ofrecer más contenido que una columna. Seguía siendo, sin embargo, un sistema cerrado: el lector llamaba a un número concreto, pagaba por escuchar una grabación y terminaba la interacción.
Internet cambiaría todo eso. Por primera vez, una persona podría encontrar gratuitamente miles de páginas astrológicas, calcular cartas en segundos, entrar en foros, leer a astrólogos de cualquier país y compartir contenido sin depender de un periódico.
Además, algo todavía más importante empezaría a ocurrir. Durante décadas la astrología popular había reducido casi toda su complejidad al signo solar. Internet permitiría recuperar otros elementos de la carta y llevarlos también a un público masivo. Uno de ellos acabaría convirtiéndose en fenómeno cultural por derecho propio: Mercurio retrógrado.
La siguiente entrega nos llevará directamente a ese cambio.
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Mañana: Internet rompe el monopolio del signo solar y convierte la astrología en algo disponible a cualquier hora y en cualquier lugar.


