A mediados de los años cincuenta, la astrología de signo solar ya había encontrado una fórmula estable: doce signos, doce apartados y millones de lectores que sabían perfectamente cuál debían buscar.
Podría parecer el final de nuestra historia. En realidad, durante los años sesenta ocurrió algo que cambiaría mucho más profundamente la relación del público con los signos. Hasta entonces una persona podía leer que era Libra, Escorpio o Capricornio; a partir de ahora empezaría cada vez más a definirse de esa manera.
La astrología encontró una generación nueva
Los años sesenta trajeron una enorme transformación cultural. La contracultura cuestionó convenciones sociales, políticas y religiosas. Creció el interés occidental por filosofías orientales, nuevas formas de espiritualidad, psicología, ocultismo y distintos sistemas que prometían ayudar a comprender la experiencia personal.
La astrología encajó muy bien en aquel ambiente. Además, el signo solar ofrecía una ventaja que llevamos siguiendo durante toda la serie: cualquiera podía empezar por ahí. No hacía falta estudiar durante años ni aprender a levantar una carta completa. Bastaba recordar la fecha de nacimiento.
Farnell resume muy bien esta transformación: la astrología podía presentarse al mismo tiempo como una tradición antigua, una herramienta para comprender el mundo interior y una práctica relacionada con la nueva psicología popular. A la generación que buscaba nuevas formas de entenderse a sí misma le ofrecía un lenguaje inmediatamente disponible.
Y entonces llegó la Era de Acuario
Pocas expresiones representan mejor aquella época.
En 1967 se estrenó el musical Hair. Una de sus canciones hablaba de la entrada en la Era de Acuario y acabaría convirtiéndose en un enorme éxito popular cuando The 5th Dimension publicó su versión en 1969. Farnell señala algo bastante revelador: por primera vez, una supuesta era astrológica tenía prácticamente su propia banda sonora.
De repente, palabras que antes habrían pertenecido a libros de astrología o círculos esotéricos podían escucharse en la radio. Acuario ya no era únicamente uno de los doce signos: podía representar una época nueva, libertad, renovación, ruptura con lo anterior, búsqueda espiritual y esperanza en una transformación colectiva.
La astrología había entrado en la cultura popular por una puerta mucho mayor que la página de un periódico.
La Era de Acuario tampoco era una idea tan antigua como parecía
Aquí conviene hacer una precisión histórica.
La precesión de los equinoccios es un fenómeno astronómico conocido desde la Antigüedad. Sin embargo, utilizar ese fenómeno para dividir la historia humana en grandes «eras astrológicas» parece ser una construcción mucho más reciente. Farnell, apoyándose en el trabajo de Nicholas Campion, sitúa el desarrollo de esta idea fundamentalmente entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. La Teosofía contribuyó a difundir la expectativa de una nueva etapa espiritual, y autores posteriores fueron relacionándola con Acuario.
Ni siquiera existe consenso entre astrólogos sobre cuándo empezaría esa era: se han propuesto fechas separadas por siglos. En los años sesenta, sin embargo, aquello importaba menos al público que la fuerza de la idea. Una nueva era estaba llegando. Y Acuario proporcionaba el símbolo perfecto.
1967: mirar hacia las estrellas ya formaba parte de la contracultura
El 14 de enero de 1967 se celebró en Golden Gate Park, San Francisco, el llamado Human Be-In. Participaron figuras como Timothy Leary y Allen Ginsberg, junto a grupos como Grateful Dead y Jefferson Airplane. Ese mismo año llegaría el llamado Summer of Love.
Farnell relaciona este ambiente con la enorme popularidad que alcanzaron entonces la astrología, el tarot, el I Ching y otras formas de pensamiento espiritual o esotérico entre sectores de la juventud. La astrología técnica, con sus tablas, cálculos y reglas, tenía menos atractivo para buena parte de ese público. El signo solar sí: permitía entrar directamente en una cuestión que encajaba muy bien con las preocupaciones de la época, ¿quién soy?
Aquí cambia de verdad la función del signo solar
Durante siglos habíamos encontrado asociaciones entre nacimiento, carácter y destino. En el siglo XX vimos cómo esas ideas pasaban a almanaques, libros, folletos, revistas y periódicos. Ahora aparece otra utilización: el signo empieza a proporcionar un vocabulario para hablar de uno mismo.
Alguien podía explicar que necesitaba libertad porque era Acuario, que reaccionaba de determinada manera porque era Escorpio o que cierta característica encajaba con su Sol en Virgo. No necesitamos asumir que todas esas afirmaciones sean correctas para observar el cambio cultural: el signo había pasado de ser información que recibías a convertirse en una categoría que podías incorporar a tu propia presentación personal.
Farnell describe esta etapa con una paradoja interesante: la astrología se hizo simultáneamente más pequeña y más grande. Se reducía cuando quedaba limitada al signo solar, aunque al mismo tiempo alcanzaba una importancia cultural mucho mayor como lenguaje de autoconocimiento y símbolo de una nueva época.
«¿Cuál es tu signo?» empezó a servir incluso para ligar
Esta probablemente sea una de las consecuencias más reconocibles.
Durante los años sesenta y setenta, preguntar por el signo empezó a asociarse con las relaciones y el flirteo. La cultura popular está llena de ejemplos: Diana Ross cantaba en 1969 No Matter What Sign You Are, Cilla Black mencionaba a Géminis en Something Tells Me, y en 1977 The Floaters consiguieron un gran éxito con Float On, donde los integrantes del grupo se presentaban diciendo su nombre y su signo antes de explicar qué buscaban en una pareja.
La pregunta «¿qué signo eres?» tenía una ventaja social extraordinaria: permitía iniciar una conversación y pasar inmediatamente a personalidad, relaciones y compatibilidad. No hacía falta creer demasiado ni saber astrología; bastaba conocer las asociaciones culturales básicas.
Los signos estaban por todas partes
La música ofrece una buena fotografía de hasta dónde había llegado el fenómeno.
Miles Davis tituló una pieza Capricorn. The Mamas & the Papas grabaron Gemini Childe. Eric Burdon and the Animals publicaron Gemini. Van der Graaf Generator tuvo Aquarian, Van Morrison Virgo Clowns, Supertramp Aries, Deep Purple Maybe I’m a Leo, Eddie Kendricks Son of Sagittarius y John Coltrane Leo.
La importancia de estos ejemplos no está en encontrar una canción para cada signo, sino en comprobar algo mucho más amplio: los nombres zodiacales ya podían utilizarse sin explicación. Un artista podía llamar a una canción «Capricorn» o «Leo» dando por hecho que el público reconocería la referencia. Eso solo ocurre cuando una idea ha penetrado profundamente en la cultura.
La televisión jugaba con la astrología porque el público ya entendía el chiste
Farnell recoge ejemplos que van desde The Avengers hasta Batman y Thunderbirds. En esta última serie, Sylvia Anderson asignó cumpleaños a algunos personajes buscando que sus fechas encajaran con los rasgos atribuidos a sus signos. Lady Penelope, por ejemplo, nació el 24 de diciembre y era Capricornio.
Monty Python podía burlarse de las columnas astrológicas porque el público conocía perfectamente aquello que estaban parodiando. En Life of Brian, estrenada en 1979, incluso aparece una conversación sobre el signo del protagonista, Capricornio.
Una idea alcanza otro nivel de popularidad cuando ya no hace falta explicarla ni siquiera para reírse de ella.
Mientras tanto, algunos astrólogos intentaban ir mucho más lejos
Esta expansión popular convivía con otra evolución.
Desde décadas antes, Dane Rudhyar había intentado relacionar astrología, psicología y una visión más centrada en el desarrollo de la persona. Su The Astrology of Personality, publicada en 1936, ejercería una fuerte influencia sobre la astrología vinculada al movimiento New Age de los años sesenta y setenta.
Se abrían así dos caminos que podían encontrarse, aunque no eran idénticos: por un lado estaba la astrología popular del signo solar; por otro, una astrología psicológica mucho más compleja que intentaba reinterpretar toda la carta natal. El público general conocía sobre todo la primera. Quienes profundizaban podían descubrir la segunda.
Esa relación entre puerta de entrada y conocimiento más complejo será importante cuando lleguemos al final de la serie.
El signo solar había encontrado algo más poderoso que un periódico
Había encontrado la identidad. Esta quizá sea la mayor transformación desde 1930.
La columna podía decirte qué esperar de la semana. La cultura de los sesenta permitía utilizar el signo para hablar de quién eras, de quién te atraía, de cómo te relacionabas e incluso de la generación a la que sentías pertenecer.
El Sol adquiría así otra función cultural. Ya no servía únicamente para decidir qué párrafo leer. Ayudaba a responder a una pregunta mucho más personal: «¿cómo soy?»
Y en 1968 apareció un libro que explotaría esa pregunta con una eficacia que nadie había conseguido hasta entonces. Su autora era Linda Goodman. Su título apenas necesitaba explicación: Sun Signs. El libro se convirtió en un fenómeno editorial y llevó las descripciones de los doce signos a una escala nueva.
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Mañana: Linda Goodman y el libro que convirtió los doce signos en un fenómeno editorial mundial.


