Llevamos diecisiete entregas acercándonos a una fecha que aparece una y otra vez cuando se cuenta esta historia: 24 de agosto de 1930.
Ese día R. H. Naylor publicó en el Sunday Express un artículo astrológico sobre la recién nacida princesa Margarita. Durante décadas se ha repetido que ahí nació la astrología de signo solar.
Todavía no hemos llegado a ese artículo. Y conviene que no lleguemos demasiado deprisa, porque durante los años veinte ocurrió algo que hace cada vez más difícil sostener aquella versión: el público ya conocía los signos solares antes de que Naylor apareciera en el periódico.
No hablamos únicamente de personas que estudiaban astrología. Hablamos de lectores de revistas populares, personas interesadas en moda, relaciones, consejos sentimentales, famosos o entretenimiento. La astrología estaba empezando a convivir con todo aquello. Y cuando una idea entra en la vida cotidiana de esa forma, cambia su historia.
Europa salió de una guerra y entró en una época de incertidumbre
La Primera Guerra Mundial había terminado en 1918. La paz no devolvió automáticamente la estabilidad. Europa atravesaba problemas económicos, cambios sociales y una profunda revisión de muchas de las ideas que habían sostenido el mundo anterior a la guerra.
Kim Farnell utiliza para este periodo una expresión habitual entre los historiadores: la «Edad de la Ansiedad». Había una sensación creciente de que las reglas anteriores ya no explicaban suficientemente el mundo. Las artes experimentaban, las costumbres cambiaban y aparecían nuevas formas de entender la sociedad, la mente y la espiritualidad. En ese ambiente aumentó también el interés por el espiritismo, la adivinación y la astrología.
No necesitamos concluir que la incertidumbre social explique por sí sola ese crecimiento. Lo que sí podemos observar es que ambas cosas coincidieron. Y la astrología encontró además algo que iba a resultar todavía más decisivo: una industria editorial preparada para llevarla a públicos enormes.
Ya no había que comprar un libro de astrología
Esta transformación quizá sea más importante que cualquier teoría nueva.
Durante mucho tiempo, quien quería aprender astrología tenía que buscarla: comprar un tratado, conseguir un almanaque, consultar a alguien, entrar en determinados círculos.
En los años veinte empezó a ocurrir también lo contrario. La astrología encontraba al lector. Podía aparecer mientras alguien hojeaba una revista, entre una página de moda y otra de consejos domésticos, junto a una consulta sentimental, cerca de anuncios de productos de belleza. La persona que había comprado la publicación por cualquier otro motivo terminaba encontrándose con una descripción astrológica.
Ese cambio de contexto parece pequeño, pero en realidad es enorme.
Las revistas femeninas fueron fundamentales
Farnell presta especial atención a las revistas destinadas principalmente a mujeres. No porque fueran las únicas que publicaban astrología, sino porque reunían varios elementos que encajaban extraordinariamente bien con ella: carácter, relaciones, problemas personales, consejos, moda, belleza, entretenimiento.
Muchas incluían páginas donde las lectoras enviaban preguntas sobre su vida, las famosas problem pages, precursoras de los consultorios sentimentales posteriores. En ocasiones, las respuestas incorporaban directamente referencias astrológicas basadas en el signo solar.
La astrología empezaba así a cumplir una función distinta. Ya no aparecía únicamente como técnica para anticipar acontecimientos; también podía utilizarse para intentar responder por qué soy así, por qué esta relación resulta complicada, cómo puedo entender mejor lo que me ocurre.
Nos estamos acercando mucho al uso contemporáneo del signo.
Astrología, consejo y entretenimiento empezaron a mezclarse
En enero de 1928, la revista británica Woman’s Friend comenzó a publicar regularmente una columna en la que una autora llamada Nell respondía a problemas de las lectoras utilizando su supuesta «segunda vista». Otras revistas siguieron modelos semejantes.
Incluso encontramos personas que trabajaban simultáneamente en ambos mundos. La documentalista Jill Craigie, que años después sería conocida también por su trabajo cinematográfico y por su matrimonio con el político Michael Foot, escribió a comienzos de los treinta para Betty’s Paper. Allí llegó a ocupar dos papeles: por una parte escribía la página de problemas, por otra actuaba como astróloga bajo el nombre de Professor Philastro.
El dato resulta revelador. Consejo personal y astrología podían formar parte del mismo ecosistema editorial. No había una frontera demasiado clara entre comprender tu carácter, resolver un problema sentimental y mirar qué decía tu signo.
Ya existían libros que decían cómo eras según tu signo
Las descripciones zodiacales tampoco constituían una novedad. Farnell señala que hacía años que circulaban libros donde se enumeraban los signos y se explicaba el carácter atribuido a quienes habían nacido bajo cada uno.
Lo curioso es comprobar cuánto ha cambiado el detalle y qué poco ha cambiado el formato. Los colores considerados apropiados para Acuario, por ejemplo, podían ser entonces verde y rosa. Hoy seguramente encontraríamos otras asociaciones. Pero la estructura permanece: signo, características, gustos, comportamiento, compatibilidades.
Cuando hoy encontramos una página titulada «Cómo es Capricornio», estamos viendo un formato que ya resultaba perfectamente reconocible hace un siglo.
Incluso regalaban objetos relacionados con tu signo
Aquí la historia entra de lleno en la cultura de consumo. Las revistas ofrecían promociones y regalos a sus lectores. Entre ellos podían aparecer pequeñas joyas, amuletos, libritos y otros objetos relacionados con los signos zodiacales.
A finales de los años veinte, Farnell considera que quienes leían estas publicaciones estaban ya bastante familiarizados con las descripciones de signo solar y con este tipo de productos. A veces aquello se presentaba como astrología, otras veces como numerología, clarividencia o destino. Las etiquetas podían cambiar; la materia astrológica permanecía debajo.
Y esto nos muestra otra transformación importante. El signo estaba dejando de ser únicamente una pieza de una técnica astrológica. También estaba convirtiéndose en un símbolo, un objeto, una categoría personal, una forma de reconocerse.
De interpretar una carta a reconocerte en una etiqueta
Aquí aparece una tensión que nos acompañará hasta el final de la serie.
Una carta natal contiene una enorme cantidad de información. Dos personas pueden tener el Sol en Libra y, sin embargo, presentar cartas muy diferentes: Luna distinta, Ascendente distinto, planetas en casas distintas, aspectos diferentes, contextos vitales completamente diferentes.
Reducir todo eso al signo solar elimina una gran parte de la individualidad que la carta pretende describir. Sin embargo, ocurre algo extraordinario desde el punto de vista de la comunicación: todo se vuelve reconocible inmediatamente. No necesitas explicar una técnica. Basta decir Tauro, Géminis, Virgo, Escorpio, Acuario, Piscis. El lector sabe dónde mirar.
Esa facilidad de reconocimiento será una de las grandes razones del triunfo posterior del signo solar.
Los propios astrólogos estaban preocupados
No todo el mundo dentro de la astrología veía con entusiasmo esta popularización. Farnell recoge críticas de astrólogos que trataban de distinguir lo que consideraban una astrología seria de las formas simplificadas que circulaban entre el público.
Durante esos años continuaba la búsqueda de legitimidad. En Alemania se experimentaba con nuevas teorías. En Francia algunos investigadores intentaban estudiar la astrología mediante herramientas estadísticas. Mientras tanto, buena parte del público no mostraba demasiado interés por aquellas discusiones. Quería astrología. Y la consumía allí donde aparecía.
Esta diferencia entre lo que los especialistas consideran aceptable y aquello que el público adopta no resulta exclusiva de la astrología. Sucede cada vez que un conocimiento complejo entra en la cultura popular. La simplificación permite llegar más lejos. También obliga a decidir cuánto puede simplificarse sin deformar aquello que se intenta comunicar.
Una pregunta que sigue completamente vigente
Cien años después seguimos discutiendo prácticamente lo mismo.
Si alguien afirma «soy Aries y por eso soy así», podemos señalar que una carta natal no puede reducirse de forma razonable a una sola posición. Eso es cierto desde el punto de vista técnico. Pero también podemos preguntarnos otra cosa: ¿cuántas personas habrían llegado alguna vez a la astrología si no hubieran empezado precisamente por su signo?
Para muchas personas, el signo solar no fue el final, sino la puerta: primero descubrieron que eran Sagitario, después averiguaron que tenían una Luna, luego un Ascendente, y más tarde encontraron casas, aspectos y técnicas mucho más complejas.
Eso no convierte automáticamente en correcta cualquier descripción general por signo. Sí ayuda a explicar por qué esta simplificación tuvo tanta fuerza cultural. Y también por qué sobrevivió.
Lo más importante ya había ocurrido antes de 1930
A finales de los años veinte tenemos ya una combinación muy poderosa: astrología orientada al carácter, lectores familiarizados con los doce signos, revistas de enorme circulación, consultorios personales, productos zodiacales, personajes mediáticos, libros accesibles y una industria editorial que necesitaba contenido capaz de repetirse regularmente.
Falta una pieza. Alguien capaz de unir todo aquello con una personalidad pública excepcional y una comprensión extraordinaria de lo que interesaba al gran público.
Esa persona ya existía. Se hacía llamar Cheiro. Había tratado con políticos, aristócratas y celebridades, cultivó cuidadosamente su propia leyenda, popularizó la quiromancia y la numerología, y simplificó deliberadamente la astrología porque quería —según sus propias palabras— interesar y educar a las masas.
Su influencia sobre la historia del signo solar fue mucho mayor de lo que suele recordarse. De hecho, estuvo a punto de ocupar el lugar que posteriormente quedó asociado para siempre con R. H. Naylor. Solo una decisión tomada en 1930 cambió la historia.
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Mañana: Cheiro, el hombre que estuvo a punto de convertirse en el padre de la astrología popular moderna.


