Ayer vimos que, a finales de los años veinte, el signo solar ya había encontrado un lugar dentro de la cultura popular. Aparecía en revistas, en libros, en consultorios, en pequeños regalos zodiacales, en interpretaciones del carácter. El público empezaba a reconocer aquellas doce grandes categorías sin necesidad de estudiar astrología.
Faltaba, sin embargo, alguien capaz de unir esa simplificación con otro fenómeno que estaba creciendo rápidamente: la celebridad. Y pocas personas entendieron mejor esa combinación que Cheiro.
Su historia contiene viajes extraordinarios, aristócratas, actores, políticos, predicciones famosas, nombres inventados e incluso episodios que probablemente nunca ocurrieron. Separar al personaje histórico de la leyenda que él mismo ayudó a fabricar no resulta sencillo. Pero precisamente ahí empieza lo interesante, porque aunque muchas historias sobre Cheiro sean difíciles de comprobar, su influencia sobre la popularización del signo solar está mucho mejor documentada.
Cheiro ni siquiera se llamaba Cheiro
Nació en Irlanda en 1866. Su nombre era William John Warner. Con el tiempo adoptaría otros nombres, entre ellos Louis Hamon, y acabaría presentándose como el conde Louis Hamon. También creó el nombre por el que terminaría siendo conocido internacionalmente: Cheiro, procedente de cheiromancy, quiromancia. Porque antes que astrólogo, Cheiro fue sobre todo un famoso lector de manos.
En 1892 comenzó a darse a conocer en Inglaterra y consiguió algo que hoy reconoceríamos perfectamente como una estrategia de construcción de personaje. Cuidó su aspecto, decoró sus consultas con objetos exóticos y símbolos misteriosos y buscó relacionarse con personas conocidas. Consiguió leer la mano de la actriz Sarah Bernhardt. Después conoció a Oscar Wilde. La prensa encontró allí una historia magnífica.
Cheiro comprendió pronto que no bastaba con practicar una técnica. Había que conseguir que la gente quisiera hablar de quien la practicaba.
Su vida se convirtió también en parte del producto
Con el tiempo circularon distintas versiones sobre sus años de formación: que había sido secuestrado por gitanos, que su madre conocía la quiromancia y la astrología, que había estudiado durante años en India, que había vivido en un templo, que había consultado un antiquísimo manuscrito astrológico escrito sobre piel humana, que había quedado atrapado dentro de una tumba egipcia.
Farnell advierte que buena parte de la biografía de Cheiro está envuelta en mitos, muchos probablemente alentados por él mismo. Eso exige cierta precaución. No necesitamos decidir ahora cuáles de esas historias fueron reales. Lo que sí podemos observar es algo mucho más verificable: Cheiro supo construir una personalidad pública. Y esa personalidad le permitió llevar disciplinas que hasta entonces podían parecer reservadas a círculos especializados hasta un público mucho más amplio.
Las celebridades hacían cola para consultarle
Cheiro terminó relacionándose con figuras conocidas a ambos lados del Atlántico. Viajó a Estados Unidos, trabajó con personas de la alta sociedad, sus libros circularon ampliamente y su nombre se convirtió en una marca. Incluso Evangeline Adams asistió a sus clases de quiromancia durante uno de sus viajes estadounidenses en la década de 1890.
Su reputación terminó asociada a numerosas predicciones sobre personajes importantes. Se le atribuyeron anuncios sobre monarcas, políticos y acontecimientos históricos. Aquí debemos volver a aplicar la misma precaución que utilizamos con Evangeline Adams: que una predicción haya sido atribuida posteriormente a alguien no significa automáticamente que podamos demostrar cómo, cuándo o con qué precisión fue realizada. En el caso de Cheiro, la frontera entre documentación y leyenda resulta especialmente difícil.
Pero su fama no ofrece demasiadas dudas. Fue una celebridad internacional. Y utilizó esa fama para difundir también astrología.
En realidad sabía bastante más astrología de lo que su fama de quiromante sugiere
Cheiro es recordado principalmente por la lectura de manos. Sin embargo, Farnell señala que conocía astrología y que incluso mantuvo correspondencia con Alan Leo en 1899 sobre Saturno. En sus consultas combinaba quiromancia, numerología y astrología. Además, Farnell señala que muchas de sus predicciones eran fundamentalmente astrológicas.
Eso cambia ligeramente la imagen habitual de Cheiro. No estamos ante un quiromante que ocasionalmente mencionaba los signos. Cheiro comprendió bastante pronto la ventaja que ofrecía una astrología construida alrededor de la fecha de nacimiento.
En las fiestas le bastaba preguntar cuándo habías nacido
Existen relatos de Cheiro asistiendo a reuniones sociales y haciendo interpretaciones o pronósticos a partir de la fecha de nacimiento de las personas. El procedimiento tenía una ventaja evidente: no hacía falta detener la reunión para calcular una carta natal, no necesitaba conocer la hora exacta ni tenía que explicar casas o aspectos. Una fecha permitía colocar rápidamente a la persona dentro de uno de los grandes periodos solares.
La astrología se convertía así en algo que podía funcionar dentro de una conversación social. La distancia con nuestra época empieza a resultar mínima. Hoy alguien pregunta «¿de qué signo eres?», y a partir de ahí puede empezar una conversación sobre personalidad, compatibilidad o comportamiento. Cheiro estaba trabajando ya con una lógica muy semejante.
Curiosamente, ni siquiera necesitaba decir «Capricornio»
Aquí aparece un detalle fascinante. A comienzos del siglo XX, los nombres de los signos todavía no estaban tan integrados en el lenguaje cotidiano como hoy. Por eso Cheiro podía organizar sus textos según meses o periodos de nacimiento, aunque en realidad estuviera describiendo signos solares.
En When Were You Born?, publicado en 1930, presenta por ejemplo un periodo que comienza alrededor del 21 de diciembre y termina aproximadamente el 20 de enero. Es decir, Capricornio, aunque la sección pueda estar organizada bajo enero.
Cheiro utilizaba a menudo la palabra «periodo» en vez de «signo solar». Para el lector aquello resultaba muy sencillo: busca cuándo naciste, encuentra tu periodo, lee tu descripción. El nombre técnico importaba menos que la facilidad de uso.
Aquí aparece también una idea que todavía escuchamos constantemente: «nacer en la cúspide»
Cuando alguien nace cerca del cambio entre dos signos, es frecuente escuchar «estoy en la cúspide» o incluso «tengo un poco de los dos signos». Farnell atribuye a Cheiro un papel importante en la difusión moderna de esta idea.
El problema que Cheiro intentaba resolver era práctico. El Sol no entra en cada signo exactamente en la misma fecha y hora todos los años. Si quieres crear astrología para millones de personas sin calcular individualmente cada nacimiento, aparecen casos dudosos alrededor de los cambios de signo. Cheiro propuso una solución sencilla: definió un periodo de transición de varios días en el que la influencia de un signo iría entrando o desapareciendo gradualmente.
Desde el punto de vista de la astrología calculada, el Sol está en una posición concreta en cada momento; no necesitamos imaginar una zona en la que esté simultáneamente en dos signos. Pero desde el punto de vista de una astrología popular organizada por fechas, la idea de la cúspide resolvía un problema editorial. Y se quedó. Hasta hoy.
Cheiro sabía perfectamente que estaba simplificando
Esto quizá sea lo más importante de toda la entrega.
Cheiro no parece haber confundido aquella astrología popular con una carta natal completa. Al contrario: en You and Your Stars explicó que su sistema no seguía las reglas de lo que denominaba astrología ordinaria y reconocía que levantar una carta para la hora y el minuto exactos del nacimiento exigía formación y trabajo matemático.
Su propósito era otro. Farnell resume su intención con una expresión especialmente clara: interesar y educar a las masas. Ahí tenemos la filosofía completa del proyecto: no sustituir toda la astrología, sino crear una versión suficientemente sencilla para que pudiera entrar en contacto con ella mucha más gente.
Eso introduce una pregunta que seguimos sin resolver
¿Hasta dónde puede simplificarse una disciplina sin deformarla?
Cheiro sabía que estaba eliminando información. Una carta completa distingue entre dos personas nacidas el mismo día; su sistema popular no podía hacerlo con la misma precisión. Pero a cambio conseguía algo enorme: cualquiera podía participar. No necesitabas estudiar astrología, ni un astrólogo, ni tablas, ni siquiera saber qué significaba una casa. Solo tenías que conocer tu cumpleaños.
Ese intercambio entre precisión individual y accesibilidad aparece una y otra vez en nuestra historia. Y Cheiro lo asumió deliberadamente.
Aquí el signo solar salió definitivamente del círculo esotérico
Hiram Butler había construido Solar Biology. Alan Leo había desarrollado una astrología cada vez más solar y centrada en el carácter. Evangeline Adams había distribuido folletos según los periodos zodiacales. Cheiro añadió otra pieza: una enorme capacidad para hablar al público general.
Farnell considera que su personalidad pública y su habilidad como divulgador ayudaron a sacar la astrología solar de las asociaciones más esotéricas de sistemas como la Solar Biology y llevarla a un ámbito mucho más amplio. Y esto importa porque los medios de masas necesitan precisamente eso: ideas que puedan entenderse rápidamente, personajes reconocibles, historias que puedan contarse, conceptos que no requieran una página de explicación antes de empezar. El signo solar cumplía todas esas condiciones.
Entonces llegó 1930
Cheiro se trasladó a Hollywood en 1929. Intentó abrirse camino escribiendo guiones y continuó trabajando con celebridades.
Y entonces ocurrió uno de esos pequeños episodios capaces de alterar la forma en que recordamos una historia.
En agosto de 1930 había nacido la princesa Margarita, hija del duque y la duquesa de York. El Sunday Express quería publicar una pieza astrológica sobre la recién nacida.
¿A quién acudieron? A Cheiro. No a R. H. Naylor. A Cheiro.
Cheiro dijo que no
Según Farnell, estaba demasiado ocupado. Así que rechazó el encargo.
Pero no terminó ahí. Lo trasladó a uno de sus ayudantes: un joven astrólogo llamado R. H. Naylor.
Naylor aceptó. El artículo apareció en el Sunday Express el 24 de agosto de 1930. Y aquella publicación terminaría convirtiéndose en uno de los episodios más repetidos de la historia de la astrología moderna. Durante décadas se diría que Naylor había inventado prácticamente la astrología de signo solar.
Después de las diecinueve entregas que llevamos, ya podemos ver el problema. Cuando Naylor llegó, Indagine ya había utilizado el Sol siglos antes; los almanaques habían llevado astrología a millones de hogares; Butler había creado Solar Biology; Alan Leo había situado el Sol en una posición central; Adams había distribuido interpretaciones solares; las revistas de los años veinte publicaban contenido zodiacal; y Cheiro había simplificado conscientemente la astrología alrededor de la fecha de nacimiento.
La idea, el público y el mercado ya existían. Incluso el encargo que hizo famoso a Naylor había sido ofrecido primero a otra persona.
Quizá Cheiro estuvo a una decisión de quedarse con toda la fama
Naturalmente, no sabemos qué habría ocurrido si hubiera aceptado el encargo. No podemos escribir una historia alternativa y presentarla como hecho.
Pero sí podemos señalar algo bastante llamativo. El hombre que había simplificado deliberadamente la astrología para interesar a un público enorme recibió la oportunidad de escribir la pieza periodística que después sería presentada como el nacimiento de la astrología popular moderna. Y la rechazó.
Así de cerca estuvo esta historia de tener otro protagonista.
Mañana, por fin, llegaremos al 24 de agosto de 1930. Después de veinte siglos de antecedentes, podremos mirar exactamente qué publicó R. H. Naylor. Y responder a la pregunta que lleva acompañándonos desde la primera entrega: si Naylor no inventó la astrología de signo solar, ¿qué hizo realmente?
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Mañana: R. H. Naylor, 24 de agosto de 1930 y el nacimiento de una leyenda que todavía se repite.


