Ayer dejamos la historia en un punto bastante avanzado. Los babilonios habían desarrollado el zodiaco, el momento del nacimiento había empezado a relacionarse con el destino individual y los signos ya acumulaban características propias.
Después llegó Roma.
Y después Roma cayó.
Si siguiéramos una historia demasiado sencilla, aquí tendríamos que escribir algo parecido a esto: la civilización clásica desapareció, Europa entró en la llamada Edad Oscura y la astrología quedó prácticamente olvidada hasta que siglos después alguien volvió a encontrarla.
Solo que eso tampoco ocurrió exactamente así.
Lo que desapareció no fue toda la astrología
Kim Farnell plantea una distinción importante. Si por astrología entendemos calcular horóscopos completos, desarrollar grandes teorías y encontrar a intelectuales estudiándola sistemáticamente, entonces sí: en Europa occidental encontramos muchos menos testimonios durante los siglos posteriores a la caída de Roma.
Pero había otra astrología: menos académica, menos matemática, mucho más integrada en la vida cotidiana. La observación de la Luna, los días considerados favorables o desfavorables, el momento apropiado para determinadas labores agrícolas, la relación entre cometas, eclipses o el cambio de estaciones y lo que podía ocurrir en la Tierra. Ese conocimiento, sostenido en buena parte por los calendarios, no desapareció.
Farnell lo resume con una idea bastante gráfica: la astrología natural y popular prácticamente no se detuvo a tomar aliento.
La astrología podía sobrevivir sin una carta natal
Aquí aparece algo importante para nuestra historia del signo solar.
Un horóscopo individual requiere conocimientos técnicos. Hay que conocer la hora de nacimiento, disponer de tablas, realizar cálculos y saber interpretarlos. Nada de eso resulta sencillo en una sociedad donde gran parte de la población no domina siquiera la lectura o la aritmética.
Pero observar la Luna, recordar que determinados periodos del año tienen ciertas cualidades o saber aproximadamente por qué parte del zodiaco se mueve el Sol es otra cosa. Ese conocimiento podía transmitirse de manera mucho más sencilla: en calendarios, en prácticas agrícolas, en tradiciones familiares, en medicina popular e incluso en supersticiones.
La astrología podía perder parte de su sofisticación técnica y seguir formando parte de la manera en que muchas personas entendían el tiempo.
La Iglesia se oponía... y al mismo tiempo conservaba parte del conocimiento
Esta es quizá una de las contradicciones más interesantes del periodo.
Diversos autores cristianos atacaron la astrología cuando pretendía predecir el futuro o parecía interferir con la libertad humana y la providencia divina. Sin embargo, eso no significaba dejar de mirar al cielo.
La Luna seguía siendo importante para la agricultura y la medicina. Los eclipses y los cometas podían considerarse señales extraordinarias. El calendario eclesiástico exigía observar cuidadosamente ciclos solares y lunares. Y el zodiaco continuó apareciendo.
Existen decoraciones zodiacales en iglesias anteriores a la conquista normanda de Inglaterra y que la propia catedral de Canterbury llegó a contener figuras zodiacales. También encontramos signos del zodiaco tallados en cruces irlandesas.
La astrología podía ser criticada desde el púlpito y, al mismo tiempo, sus imágenes podían estar literalmente grabadas en la piedra de una iglesia. No es una contradicción tan extraña como parece: una cosa era aceptar que los cielos servían para medir el tiempo, organizar el calendario o estudiar la naturaleza, y otra distinta era afirmar que podían determinar el destino de una persona. La frontera entre ambas cosas nunca fue completamente limpia.
El cielo siguió registrándose
Uno de los testimonios más interesantes aparece en las Anglo-Saxon Chronicles, cuya compilación comenzó por orden de Alfredo el Grande a finales del siglo IX. En esas crónicas encontramos eclipses, cometas y otros fenómenos astronómicos: se registraron eclipses solares, una Luna descrita como cubierta de sangre y cometas visibles durante largos periodos.
Esto no demuestra que quien escribía esas páginas estuviera practicando astrología de signo solar. Demuestra algo más básico y quizá más importante: el cielo seguía siendo digno de atención. Incluso en siglos que solemos imaginar como un largo paréntesis entre la Antigüedad y el Renacimiento, las personas continuaban mirando hacia arriba, registrando lo excepcional y tratando de comprender qué significaba.
Un monje que criticaba la astrología... mientras explicaba el zodiaco
Hacia el año 1011 aparece un personaje especialmente interesante. Byrhtferth fue un monje y maestro de la abadía de Ramsey, en Inglaterra. Escribió un manual destinado a enseñar calendario, aritmética y otros conocimientos necesarios para organizar correctamente el tiempo.
En ese libro explica las estaciones, los meses, los elementos, los humores y también el zodiaco. Incluso señala las fechas aproximadas en las que el Sol entraba en cada signo.
Lo curioso es que Byrhtferth no parece precisamente un defensor entusiasta de la antigua astrología. En uno de sus comentarios presenta algunas ideas astrológicas de sus antepasados como errores del pasado. Y, sin embargo, las explica.
Eso nos dice bastante: puede que una cultura rechace una interpretación y aun así conserve el conocimiento necesario para entenderla. Byrhtferth incluso considera útil que los sacerdotes rurales conozcan los nombres de los doce signos y comprendan cómo funciona el círculo zodiacal.
¿Por qué necesitaba un sacerdote conocer el zodiaco? Quizá simplemente porque formaba parte del conocimiento del calendario, quizá porque determinadas prácticas médicas o herbales dependían de la posición del Sol o de la Luna, o quizá porque sus propios feligreses ya conocían esas ideas y preguntaban por ellas. No podemos saberlo con certeza. Pero el zodiaco seguía ahí.
Una tradición puede sobrevivir aunque cambie de lugar
Este periodo nos enseña algo que irá apareciendo una y otra vez durante la serie: cuando una forma de conocimiento pierde prestigio entre las élites, eso no significa necesariamente que desaparezca.
A veces cambia de lugar: sale de determinadas escuelas, entra en calendarios, pasa a manos de curanderos, agricultores o sacerdotes rurales. Sobrevive en imágenes, en costumbres, en frases que alguien aprende de otra persona sin saber ya de dónde proceden.
La historia de la astrología popular no puede reconstruirse solamente leyendo los grandes tratados escritos por astrólogos famosos, precisamente porque lo popular suele dejar menos documentos. Y eso explica por qué resulta tan fácil creer que algo desapareció cuando quizá simplemente dejó de escribirse en los libros que la historia posterior decidió conservar.
El regreso de los libros
A partir de los siglos VIII y IX, la astrología empezó a reaparecer con mayor claridad como disciplina intelectual en Europa. Después llegaría un proceso decisivo: textos astrológicos procedentes del mundo árabe y griego comenzaron a traducirse al latín. Durante el siglo XII ese movimiento se aceleró enormemente y, según Farnell, hacia 1150 la mayoría de los grandes textos astrológicos estaban ya disponibles en latín.
La astrología que había permanecido dispersa entre calendarios, prácticas populares y fragmentos de conocimiento volvía a encontrarse con una tradición técnica mucho más desarrollada. Y cuando esas dos corrientes empezaron a mezclarse, ocurrió algo extraordinario: la astrología entró de lleno en la medicina, en las universidades y en la cultura medieval.
El cielo volvía a ocupar un lugar central. Aunque nunca se había marchado del todo.
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Mañana: la Edad Media era mucho más astrológica de lo que solemos imaginar.


