Ayer dejamos a Evangeline Adams convertida en una de las figuras astrológicas más conocidas de Estados Unidos.
Tenía clientela, aparecía en la prensa, trabajaba por correspondencia y había desarrollado una forma de astrología solar que podía llegar a personas que nunca habrían encargado una carta natal completa.
Pero aquella expansión chocaba con un problema bastante concreto: la astrología podía llevarte ante un tribunal.
En 1914 Adams fue procesada en Nueva York por fortune telling, algo que podemos traducir aproximadamente como adivinación o lectura de la fortuna. Era la segunda vez que la detenían por ese motivo. Esta vez decidió defenderse.
Y la historia que suele contarse sobre aquel juicio es bastante distinta de lo que muestran las fuentes.
Una mujer entró en su consulta el 13 de mayo de 1914
Se llamaba Adele Priess. Formaba parte del Detective Bureau de la Policía de Nueva York. No había acudido únicamente por curiosidad: su visita debía proporcionar pruebas sobre la actividad de Adams.
Priess declaró que la astróloga había escrito sobre un círculo trazado en una hoja de papel, había leído sus manos y había realizado interpretaciones para ella y para sus hijos. Según el testimonio, Adams describió caracteres y realizó también algunas previsiones. Cobró cinco dólares por la consulta y comentó que podía hacer una lectura para una de las hijas de Priess por tres dólares si regresaban aquella misma tarde.
A partir de esos hechos surgía la cuestión jurídica: ¿estaba Adams practicando una forma de adivinación prohibida por la ley?
Ante el juez, Adams explicó su procedimiento
La defensa que presentó resulta especialmente interesante porque nos permite ver cómo una astróloga importante de comienzos del siglo XX quería definir públicamente su trabajo.
Adams explicó que había utilizado tablas para estimar el Ascendente de Priess. Reconoció también que había leído sus manos. Después describió ante el tribunal cómo había analizado determinadas posiciones planetarias. Respecto a una de las hijas, aclaró que ni siquiera había levantado una carta completa: había consultado las posiciones planetarias en sus efemérides y realizado algunos comentarios a partir de ellas.
No intentó presentar el proceso como una revelación sobrenatural. Lo describió como un procedimiento basado en datos, tablas, posiciones planetarias e interpretación. Ese matiz formaba parte central de su defensa.
Había otra distinción todavía más importante
Adams fue especialmente cuidadosa con lo que afirmaba poder decir.
Según la reconstrucción de Farnell, sostuvo que describía posibilidades y no afirmaba que un determinado acontecimiento fuese a suceder inevitablemente. Explicaba las posiciones planetarias y aquello que, desde su sistema astrológico, podían indicar.
Esto resulta llamativo más de un siglo después. La discusión no estaba únicamente en la técnica; también estaba en el lenguaje. Existe una diferencia considerable entre afirmar «esto ocurrirá» y plantear «estas posiciones pueden señalar determinadas posibilidades». Para la defensa de Adams, esa diferencia era jurídicamente relevante.
Su abogado sostuvo que, aunque la ley prohibía la adivinación, no todo astrólogo tenía por qué ser automáticamente un adivino. La cuestión era qué estaba haciendo realmente Adams.
Fue absuelta
Finalmente, Adams ganó el caso. El tribunal no la condenó por la acusación de fortune telling.
Y aquí conviene detenernos porque alrededor de aquella absolución nació una historia mucho más espectacular. Probablemente la hayas encontrado alguna vez. Yo mismo la incluí inicialmente al reconstruir esta entrega, pero al volver directamente sobre Farnell debemos corregirla.
El famoso horóscopo del hijo del juez parece ser una leyenda posterior
La versión popular cuenta que el juez entregó a Adams unos datos de nacimiento sin identificar. Ella levantó la carta. Realizó una interpretación tan precisa que impresionó al magistrado. Después descubrió que pertenecía al propio hijo del juez. A partir de ahí habría llegado la absolución y la famosa reivindicación pública de la astrología.
El problema es que Farnell señala expresamente que esa historia no es cierta. Según su investigación, la versión del horóscopo del hijo del juez no apareció hasta unos diez años después del proceso.
Esto me parece más interesante que conservar la leyenda. Porque nuestra serie trata precisamente de reconstruir cómo se formó la astrología de signo solar y, en varias ocasiones, estamos descubriendo que la historia popular resulta mucho más ordenada y espectacular que la historia documentada. Con Naylor volveremos a encontrarnos con algo parecido.
El juicio tampoco declaró científicamente válida la astrología
Otra forma habitual de contar este episodio consiste en afirmar que Adams consiguió que un tribunal reconociera la astrología como una ciencia. Conviene ser mucho más prudentes.
Lo que estaba resolviendo aquel proceso era una cuestión jurídica concreta: si la actividad de Adams constituía el delito por el que había sido acusada. La absolución no equivale a una validación experimental de las afirmaciones astrológicas. Tampoco un juez dispone del procedimiento necesario para determinar mediante sentencia la validez científica de una disciplina.
Lo históricamente relevante está en otro lugar. Adams consiguió defender su práctica mostrando que había detrás de ella un método, unas tablas, unas reglas interpretativas y una distinción entre describir posibilidades y afirmar que conocía con certeza el futuro. Eso tuvo un enorme valor para la posición pública de la astrología.
También nos ayuda a entender un cambio de lenguaje
Durante buena parte de nuestra historia hemos encontrado astrología dedicada a acontecimientos muy concretos: guerras, muertes, cosechas, enfermedades, viajes, dinero, matrimonios. Los almanaques estaban llenos de pronósticos.
Sin embargo, a finales del siglo XIX y comienzos del XX vemos crecer otra forma de expresarse, más centrada en el carácter, las tendencias, las posibilidades, las inclinaciones y el desarrollo personal.
No todo ese cambio puede atribuirse a los tribunales. La Teosofía, el creciente interés por la personalidad y la evolución interna de la astrología ya estaban modificando su lenguaje. Pero los problemas legales añadían otro motivo para evitar afirmaciones demasiado tajantes sobre acontecimientos futuros.
Y aquí vuelve a aparecer el signo solar
Puede parecer que hoy nos hemos alejado de nuestra pregunta principal. En realidad estamos acercándonos cada vez más.
La astrología de signo solar funciona especialmente bien cuando hablamos de carácter: «las personas nacidas bajo Géminis suelen...», «quienes tienen el Sol en Capricornio pueden...», «en Libra encontramos tradicionalmente...». Este tipo de lenguaje no necesita afirmar que el próximo martes ocurrirá un acontecimiento concreto. Describe, clasifica, sugiere, generaliza, y puede aplicarse a millones de personas sin levantar millones de cartas.
La evolución editorial y la evolución del lenguaje estaban empezando a encontrarse.
Al otro lado del Atlántico ocurría algo muy parecido
Alan Leo también tuvo problemas con la legislación británica contra la adivinación. Farnell relata cómo fue procesado y cómo las autoridades llegaron a establecer una distinción incómoda: podía creer en astrología y practicarla, pero cobrar por determinadas interpretaciones podía llevarlo a infringir la ley.
No necesitamos convertir los casos de Leo y Adams en una única historia. Las legislaciones y los procedimientos eran diferentes. Pero existe un paralelismo evidente: las dos figuras que estaban ayudando a popularizar la astrología a ambos lados del Atlántico tuvieron que enfrentarse casi simultáneamente a la misma pregunta social, ¿dónde termina la astrología y dónde empieza la adivinación prohibida por la ley?
El simple hecho de que esa discusión llegara a los tribunales nos dice hasta qué punto la astrología había vuelto a ser visible.
Después llegó la guerra
Farnell cierra este episodio con un cambio abrupto. Llegó la Primera Guerra Mundial y las prioridades sociales cambiaron. Durante los años posteriores, perseguir a astrólogos y adivinos dejó de ocupar el mismo lugar entre las preocupaciones públicas.
La astrología recuperó popularidad después de la guerra y, según Farnell, pareció incluso olvidarse en buena medida de que determinadas prácticas seguían técnicamente bajo restricciones legales.
Eso nos lleva directamente a la década siguiente. Porque en los años veinte la astrología ya no dependerá únicamente de figuras como Adams o Alan Leo. Empezará a aparecer allí donde millones de personas consumían información y entretenimiento cada semana: las revistas populares.
Y entonces veremos algo decisivo para nuestra investigación. Mucho antes de que R. H. Naylor publicara su famosa columna de 1930, los lectores ya encontraban descripciones de signos, consejos astrológicos y productos zodiacales en publicaciones de gran circulación.
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Mañana: antes de 1930, el signo solar ya estaba por todas partes.


