A finales de los años treinta, la astrología de signo solar había alcanzado una posición que unas décadas antes habría parecido improbable.
Los doce signos aparecían cada vez con mayor frecuencia en periódicos y revistas. Muchas personas conocían ya el suyo y la astrología popular había encontrado una fórmula editorial sencilla, reconocible y fácil de repetir.
Entonces Europa se acercó a una guerra. Y los astrólogos de prensa tuvieron que enfrentarse a un problema mucho más serio que decidir cómo repartir doce signos dentro de una página: sus predicciones podían comprobarse frente a acontecimientos que afectaban a millones de personas.
El público quería escuchar que no habría guerra
Kim Farnell describe un ambiente bastante comprensible.
Durante los últimos meses de los años treinta, mucha gente buscaba tranquilidad. Los recuerdos de la Primera Guerra Mundial seguían cerca y la posibilidad de otro gran conflicto europeo generaba preocupación.
Los astrólogos populares respondieron a esa demanda. Edward Lyndoe escribió en People el 1 de enero de 1939 que no veía señales de una gran guerra durante aquel año. Meses después seguía descartando la posibilidad de un ataque nazi contra Gran Bretaña.
El 1 de septiembre Alemania invadió Polonia. Dos días después Gran Bretaña y Francia declararon la guerra a Alemania. Aquellas previsiones habían envejecido muy mal.
Lyndoe trató de explicar el fallo afirmando que Hitler había actuado de una manera que escapaba a lo indicado por los astros.
No fue el único. El 22 de junio de 1941, el mismo día en que Alemania invadió la Unión Soviética, R. H. Naylor publicó que no veía próxima una disputa entre Alemania y Rusia.
Para una astrología que llevaba años ganando espacio gracias a su capacidad de realizar pronósticos, aquello suponía un problema evidente.
El signo solar ya había llegado demasiado lejos para desaparecer
La paradoja es llamativa. En 1940, pese a esos errores, la astrología estaba más extendida en la prensa británica que nunca.
Farnell señala que todos los grandes periódicos dominicales de circulación masiva incluían una columna astrológica. Lo mismo ocurría en la mayoría de las revistas femeninas y en numerosos diarios nacionales y locales.
Habían pasado solo diez años desde el famoso artículo de Naylor sobre la princesa Margarita. La transformación editorial estaba prácticamente completada: ya no se trataba de conseguir que la astrología entrara en los grandes medios, sino de comprobar hasta qué punto podía permanecer allí, algo que la guerra estaba a punto de poner a prueba.
El enemigo más eficaz fue el papel
La reducción de las columnas durante la guerra tuvo una causa bastante menos misteriosa que cualquier configuración planetaria. Faltaba papel.
El racionamiento obligó a los periódicos a reducir drásticamente su tamaño. El Daily Express, por ejemplo, pasó de treinta páginas a diez y eliminó su columna astrológica. No volvió a publicarla hasta el 1 de enero de 1954.
Muchas otras publicaciones hicieron algo parecido. Cuando cada página cuenta, la prioridad pasa a noticias bélicas, comunicados oficiales y contenido considerado imprescindible. La expansión del signo solar quedó frenada durante unos años por una limitación material muy sencilla: no había sitio suficiente.
Mientras tanto, alguien decidió estudiar hasta dónde había llegado la astrología
En 1941 Mass Observation, una organización británica dedicada a investigar comportamientos y actitudes sociales, incorporó la astrología entre los fenómenos que estudiaba.
Su conclusión fue que alrededor del 40 % de la población mostraba algún grado de creencia en la astrología. Ese porcentaje reunía posiciones muy distintas, desde una curiosidad ocasional hasta convicciones mucho más firmes.
El dato nos interesa por una razón concreta. Apenas una década después de Naylor, la astrología popular ya tenía suficiente presencia social como para que una organización dedicada a estudiar las actitudes de la población considerase necesario analizarla. Y, según Farnell, muchas personas conocían ya su signo solar. La idea había dejado de pertenecer a quienes estudiaban astrología: formaba parte de la cultura general.
En 1941 llegó una prueba mucho menos favorable
Ese mismo año, la revista Picture Post decidió comprobar las predicciones de cinco de los astrólogos de prensa más conocidos: Lyndoe, Naylor, Old Moore, Adrienne Arden y Xavier Petulengro.
Comparó sus pronósticos con nueve acontecimientos destacados ocurridos entre 1939 y 1941 y los puntuó según su grado de acierto. Las puntuaciones fueron bajas. La publicación del análisis provocó una fuerte discusión en la prensa y varias cabeceras suspendieron temporalmente sus columnas astrológicas.
Aquí encontramos algo que ha acompañado a la astrología durante buena parte de su historia moderna: cuanto mayor es su presencia pública, mayor es la exposición de sus afirmaciones a la crítica. El éxito trae audiencia, y la audiencia trae escrutinio.
La guerra convirtió las predicciones en otra cosa
Durante el conflicto apareció además un problema nuevo. Las predicciones empezaron a mezclarse con la propaganda.
Farnell recoge que los británicos lanzaron sobre Alemania folletos que anunciaban un futuro desastroso para los alemanes, mientras el aparato propagandístico de Goebbels respondió difundiendo profecías atribuidas a Nostradamus y mensajes astrológicos favorables al futuro alemán.
En semejante contexto, distinguir entre predicción, propaganda y entretenimiento se volvía cada vez más difícil. La propia Farnell señala que parte del público terminó saturándose: había recibido tanta astrología de signo solar que, a esas alturas, casi todo el mundo conocía ya su signo.
Es una observación importante para nuestra historia. La expansión había llegado hasta el punto de producir cansancio.
Las revistas femeninas mantuvieron viva la fórmula
Los periódicos sufrieron con el racionamiento, mientras algunas revistas continuaron publicando astrología. Y después de la guerra ocurrió algo curioso: el número de títulos podía haberse reducido, aunque la circulación de los que sobrevivieron aumentó de manera considerable.
La revista Woman, por ejemplo, tenía unos 750.000 lectores en 1938, superó el millón en 1946 y alcanzó más de tres millones a mediados de los años cincuenta.
Para la astrología popular aquello ofrecía una audiencia enorme. Las revistas combinaban vida cotidiana, relaciones, consejos, historias personales y previsiones. El signo solar encajaba fácilmente dentro de ese entorno editorial. La guerra había reducido el espacio disponible, y la posguerra volvió a abrirlo.
Y los doce signos terminaron convirtiéndose en la norma
Durante los primeros años cincuenta encontramos de nuevo columnas organizadas en doce grupos. Algunas seguían utilizando las fechas como encabezado. Otras mostraban ya claramente el nombre del signo.
En 1951, por ejemplo, Glamour publicaba previsiones encabezadas por nombres como Sagitario acompañados por sus fechas correspondientes.
Los periódicos tardaron algo más. Hacia mediados de los cincuenta, sin embargo, el formato de doce signos ya se había convertido en el modelo habitual. Farnell señala como ejemplo la columna que John Naylor, hijo de R. H. Naylor, comenzó a publicar en el Daily Mirror en mayo de 1954.
Lo que en 1936 todavía se estaba probando ya no necesitaba demasiadas explicaciones veinte años después: Aries, Tauro, Géminis, Cáncer, Leo, Virgo, Libra, Escorpio, Sagitario, Capricornio, Acuario y Piscis tenían ya, cada uno, su apartado fijo en la página. El lector conocía el mecanismo.
Leer la columna no significaba necesariamente creer en ella
Una encuesta realizada por People en 1955 añade un matiz muy útil. El periódico recibió más de 14.000 cuestionarios. Entre las respuestas analizadas, alrededor de la mitad de las personas afirmaban leer habitualmente la columna de Lyndoe y solo una de cada diez decía no leerla nunca. Sin embargo, casi la mitad afirmaba que no concedía demasiado valor a las columnas astrológicas.
Esta combinación sigue siendo familiar. Una persona puede leer su signo por curiosidad, entretenimiento, costumbre o interés sin adoptar necesariamente todas las afirmaciones de la astrología. La popularidad de una práctica y el grado de creencia en ella son cosas distintas. La columna de signos podía formar parte del ritual de leer un periódico aunque el lector mantuviera una actitud escéptica.
Parecía que el signo solar había llegado a su techo
A mediados de los años cincuenta, la fórmula estaba prácticamente madura. Los doce signos eran conocidos y las columnas ya estaban estandarizadas. La astrología había sobrevivido a errores predictivos muy visibles, a investigaciones críticas, al racionamiento de papel y a la guerra. Había conseguido algo extraordinario: convertirse en una costumbre cultural.
Sin embargo, parecía difícil imaginar hacia dónde podía crecer desde allí. Y entonces llegó una generación que quería hablar de conciencia, espiritualidad, psicología, libertad personal y formas alternativas de comprender la vida.
Durante los años sesenta, la astrología encontró un público nuevo. El signo solar dejó de ser únicamente la pequeña columna que se consultaba en el periódico. Empezó a convertirse en una forma de hablar de identidad.
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Mañana: los años sesenta, la Era de Acuario y la generación que convirtió los signos en parte de su identidad.


