A mediados del siglo XIV, acudir al médico podía incluir una pregunta que hoy resultaría bastante extraña:
¿En qué signo está la Luna?
No era una curiosidad añadida a la consulta. Durante siglos, astrología y medicina estuvieron tan relacionadas que separarlas habría resultado difícil para muchos médicos europeos.
La posición de la Luna podía influir en el momento elegido para una sangría. Los signos se relacionaban con distintas partes del cuerpo. Los planetas formaban parte de las explicaciones sobre la salud, la enfermedad y el temperamento.
Nuestra historia del signo solar entra aquí en un periodo especialmente interesante, porque el zodiaco ya no pertenecía únicamente a astrólogos que calculaban cartas. Estaba entrando en la medicina, los calendarios, los manuales populares y hasta la literatura.
Cuando llegó la peste, también miraron al cielo
En 1348 y 1349, Europa sufrió una de las mayores catástrofes de su historia.
La peste mató a millones de personas. En algunas regiones desapareció una parte enorme de la población. Médicos, autoridades y religiosos buscaban una explicación para algo que parecía incomprensible.
En octubre de 1348, cuarenta y nueve médicos de la Universidad de París elaboraron, a petición del rey Felipe VI, un informe sobre las posibles causas de la epidemia. Entre las explicaciones que contemplaron estaba el cielo.
El informe relacionaba la enfermedad con una conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en Acuario ocurrida en 1345, después de eclipses solares y lunares. Otros fenómenos, como cometas y eclipses posteriores, también fueron interpretados dentro de ese marco.
Visto desde el conocimiento médico actual, sabemos que buscar la causa de una epidemia en una configuración planetaria no proporciona una explicación científica de la enfermedad. Lo relevante para nuestra historia es otra cosa.
En una de las principales universidades europeas del siglo XIV, recurrir a la astrología para explicar una epidemia formaba parte del conocimiento médico posible de la época.
En una de las principales universidades europeas del siglo XIV, recurrir a la astrología para explicar una epidemia formaba parte del conocimiento médico posible de la época. No se trataba de una práctica marginal escondida en algún rincón de Europa: eran médicos universitarios asesorando directamente a un rey.
El cuerpo humano también tenía un zodiaco
La relación iba mucho más allá de explicar grandes epidemias.
Los médicos utilizaban información astrológica para decidir cuándo iniciar determinados tratamientos. Farnell señala que el signo ocupado por la Luna tenía especial importancia. Sangrías, purgas y otros procedimientos podían programarse según criterios astrológicos.
De ahí procede una de las imágenes más características de la medicina medieval: el llamado hombre zodiacal. El cuerpo humano aparecía representado rodeado por los signos, cada uno asociado con una parte concreta: Aries correspondía a la cabeza, Tauro al cuello, Géminis a brazos y hombros, y así sucesivamente hasta Piscis y los pies.
Para nosotros puede parecer una curiosidad histórica. Para quien consultaba determinados manuales médicos medievales era una información práctica. El zodiaco estaba literalmente dibujado sobre el cuerpo.
Los libros para quien no sabía calcular una carta
Aquí nuestra historia vuelve a acercarse al signo solar.
Calcular una carta completa seguía exigiendo conocimientos que estaban fuera del alcance de gran parte de la población. Sin embargo, existían sistemas mucho más sencillos.
Uno de ellos eran los lunaries: textos que ofrecían indicaciones y predicciones tomando como referencia el día del mes, la posición zodiacal de la Luna o las llamadas mansiones lunares. Algunos incluían tablas e incluso instrumentos móviles de papel para calcular las fases de la Luna.
Su uso podía ser serio y médico. Otros tenían un carácter mucho más popular y se acercaban a lo que hoy llamaríamos un manual de fortuna.
Existe un texto perteneciente al gremio de barberos-cirujanos de York que explicaba qué actividades convenían cuando la Luna estaba en cada signo. Con la Luna en Aries podía considerarse favorable hablar con personas poderosas, emprender determinados viajes o trabajar con fuego. En cambio, el texto desaconsejaba intervenir sobre la cabeza.
No hace falta compartir aquellas creencias para comprender lo importante que resulta esto históricamente: los significados de Aries, Tauro, Géminis y los demás signos ya circulaban fuera de los tratados especializados. La gente podía encontrarlos en materiales destinados a usos cotidianos.
Y también existían textos basados en el nacimiento
Todavía más relevantes para nuestra investigación son los llamados destinaries.
Estos textos utilizaban posiciones solares para describir el carácter y realizar predicciones. En algunos casos aparecían junto a materiales lunares; en otros estaban dedicados específicamente al análisis relacionado con el nacimiento.
Un ejemplo medieval vincula enero con Acuario y ofrece una serie de predicciones para quien haya nacido bajo ese signo. El contenido nos resultaría extraño hoy: mezcla salud, fortuna, relaciones, accidentes y marcas físicas.
Sin embargo, la estructura empieza a resultarnos conocida: una fecha de nacimiento, un signo, una descripción de la persona, unas expectativas acerca de su vida.
Estamos todavía muy lejos del texto que podrías leer hoy bajo «Acuario». Aunque la distancia entre ambos ya no parece de varios mundos.
Aries ya tenía carácter
Otros textos medievales describían directamente las propiedades de los signos.
Uno conservado y citado por Farnell presenta a Aries como caliente, seco y vinculado al fuego. Relaciona el signo con determinadas partes del cuerpo y después describe incluso la apariencia y el temperamento de quien nace bajo él.
La interpretación no coincide exactamente con el Aries de una publicación actual. Eso sería esperar demasiado de varios siglos de distancia. Lo interesante es que la lógica ya existe: las cualidades atribuidas a un signo pueden utilizarse para decir algo sobre una persona nacida bajo él.
Farnell es prudente en este punto. «Nacer bajo Aries» podía referirse a Aries ascendiendo, no necesariamente al Sol en Aries. En el mismo texto, sin embargo, las referencias a la Luna en Aries y a Aries ascendiendo aparecen diferenciadas.
No podemos convertir esa ambigüedad en una certeza que la fuente no permite. Sí podemos afirmar que los significados zodiacales disponibles ofrecían material perfectamente utilizable para una interpretación solar.
Esta diferencia importa. En una investigación histórica, encontrar algo parecido a una práctica moderna no significa haber encontrado automáticamente la misma práctica.
Chaucer esperaba que su público entendiera astrología
Tenemos otra pista sobre lo extendido que estaba este conocimiento.
Geoffrey Chaucer, autor de Los cuentos de Canterbury, utilizó referencias astrológicas repetidamente. En The Franklin’s Tale, por ejemplo, sitúa al Sol en Capricornio en diciembre y utiliza cálculos lunares. En otros relatos aparecen asociaciones planetarias y explicaciones del carácter mediante elementos astrológicos.
Se ha propuesto incluso que la estructura completa de Los cuentos de Canterbury, con sus veinticuatro relatos, podría esconder una organización relacionada con los doce signos del zodiaco.
Aquí conviene distinguir el terreno firme de la interpretación: las referencias astrológicas de Chaucer están en los textos; la lectura de toda la obra como una gran construcción zodiacal pertenece a investigaciones posteriores y no tiene el mismo grado de certeza.
Aun así, algo resulta difícil de negar: un escritor puede utilizar alusiones complejas únicamente cuando confía en que al menos una parte de su público será capaz de reconocerlas. La astrología formaba parte del lenguaje cultural medieval.
El problema de lo que no sobrevivió
Llegados a este punto aparece una dificultad que acompañará toda esta serie.
Los materiales populares sobreviven peor que los grandes tratados. Un libro caro puede conservarse durante siglos en una biblioteca. Un calendario barato, un pequeño manual práctico o un texto usado hasta deteriorarse tiene muchas más posibilidades de desaparecer. Precisamente los materiales que podrían decirnos cómo utilizaba la astrología la población común son, con frecuencia, los que menos han llegado hasta nosotros.
Por eso Farnell mantiene cierta cautela al evaluar el papel exacto de la astrología solar durante este periodo. Tenemos indicios, textos, interpretaciones por signos y predicciones relacionadas con el mes de nacimiento. Lo que no tenemos es una línea documental perfecta que nos permita avanzar siglo por siglo sin huecos.
Y quizá ahí esté una de las partes más interesantes de esta investigación: la historia del signo solar no aparece como una invención repentina, sino como un rastro que a veces se vuelve muy visible y otras casi desaparece.
En la Península Ibérica, ese rastro iba a cruzarse con otra historia decisiva. Durante los siglos medievales, Toledo se convirtió en uno de los grandes lugares de encuentro entre las tradiciones científicas árabe, judía y cristiana. Allí se tradujeron y transmitieron obras de astronomía y astrología que habían circulado durante siglos en el mundo islámico. En el siglo XIII, bajo Alfonso X, parte de ese conocimiento empezó incluso a pasar al castellano.
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Mañana seguiremos precisamente ese camino: Toledo, Alfonso X y el momento en que una parte de la gran tradición astrológica árabe empezó a hablar en castellano.


