Llevamos diecinueve entregas acercándonos a una fecha concreta: 24 de agosto de 1930.
Es el día que aparece una y otra vez cuando se cuenta el origen moderno de la astrología de signo solar. La versión sencilla dice más o menos así: el Sunday Express encargó a R. H. Naylor un artículo astrológico sobre la recién nacida princesa Margarita; la pieza tuvo tanto éxito que nació la columna de signos y, con ella, la astrología popular moderna.
Es una buena historia. También es demasiado sencilla.
Después de todo lo que hemos visto hasta ahora, sabemos que el signo solar llevaba siglos apareciendo bajo distintas formas. Hiram Butler había construido Solar Biology alrededor del Sol; Alan Leo había reforzado su relación con el carácter; Evangeline Adams había distribuido folletos organizados por periodos zodiacales; Cheiro había simplificado deliberadamente la astrología para un público masivo; y las revistas de los años veinte ya publicaban descripciones y contenidos vinculados a los signos.
Cuando Naylor apareció en el Sunday Express, no estaba inventando una idea nueva. Lo que hizo fue otra cosa. Y probablemente ahí está su verdadera importancia.
Antes de seguir, una precisión sobre Cheiro
En la entrega anterior hablamos de Naylor como ayudante de Cheiro. Conviene afinarlo.
Kim Farnell explica que durante los años veinte Naylor actuó como agente de Cheiro y colaboró con él, llegando a encargarse de cálculos astronómicos y astrológicos para sus anuarios de 1929 y 1930. La propia Farnell señala expresamente que no era exactamente su asistente, aunque así se haya contado muchas veces. Por tanto, la relación existía y era profesional, pero «ayudante» simplifica demasiado.
Esto también aclara algo importante sobre su nombre. Naylor había sido registrado como Richard Harold Naylor, aunque durante sus primeros años respondió al nombre de Harold Thropp y, al iniciar su carrera profesional, utilizó durante un tiempo las iniciales R. H. T. Naylor antes de abandonar la T. No estamos, por tanto, ante un joven que hubiera inventado el seudónimo R. H. Naylor para trabajar con Cheiro.
Con eso aclarado, podemos volver a 1930.
La princesa había nacido tres días antes
La princesa Margarita nació en el castillo de Glamis el 21 de agosto de 1930.
Cuando el Sunday Express preparaba su edición del día 24, la noticia del nacimiento ya llevaba varios días circulando. El periódico buscó una forma distinta de abordarla y decidió publicar una interpretación astrológica de la recién nacida.
Según Farnell, la primera opción era Cheiro. No pudo aceptar el encargo y el trabajo terminó en manos de Naylor, que ya colaboraba con él.
Hasta aquí se parece bastante a la historia habitual. Lo interesante empieza cuando observamos qué escribió realmente Naylor.
Aquello no era una columna de doce signos
Esta es probablemente la corrección más importante de toda la serie.
El artículo del 24 de agosto de 1930 no estaba dividido en doce apartados para Aries, Tauro, Géminis y los demás signos. Naylor hizo una interpretación de la carta natal de la princesa Margarita. Habló de su Sol en Leo, de Saturno, Venus, Urano y del Medio Cielo. Describió características que asociaba con la princesa y realizó también pronósticos sobre su vida, la familia real, acontecimientos políticos y la situación económica.
Es decir, había bastante más astrología que un simple «Leo: esta semana...». De hecho, el propio artículo explicaba al lector qué estaba viendo en el gráfico de la carta. Naylor trataba de introducir al público en la lógica de una carta astrológica completa.
Pero dentro de aquella interpretación incluyó una idea que sí nos interesa mucho.
La princesa era Leo. Y eso la convertía en pariente astrológica de miles de lectores
Naylor explicó que la princesa compartía ciertas características básicas con las personas nacidas durante aquel mismo periodo del año. El Sol estaba pasando por Leo. Por tanto, los lectores del Sunday Express cuyo cumpleaños cayera aproximadamente en las mismas fechas podían compartir algunos de aquellos rasgos.
Ahí tenemos un mecanismo perfectamente reconocible: fecha de nacimiento, posición del Sol, grupo zodiacal, características comunes. No era una novedad histórica. Butler, Leo, Adams, Cheiro y muchos otros ya habían trabajado con estructuras similares. La diferencia era el medio: aquello aparecía ahora en un periódico de enorme circulación. El signo solar entraba así en una conversación que podía alcanzar a cientos de miles de personas a la vez.
Naylor añadió algo todavía más importante: habló directamente al lector
La pieza no se limitó a la princesa. Naylor incluyó también comentarios para lectores según sus fechas de nacimiento y unas previsiones generales para los días siguientes. Por ejemplo, agrupaba determinadas fechas de julio, noviembre o marzo y les atribuía un periodo favorable, y bajo otro apartado ofrecía comentarios para cumpleaños concretos de aquella semana.
Eso sí era editorialmente poderoso. El artículo empezaba con una celebridad que todo el país conocía. Después trasladaba la astrología al propio lector. De repente, la pregunta dejaba de ser únicamente «¿qué dice la carta de la princesa?» y empezaba a convertirse también en «¿y qué dice esto sobre mí?».
Ahí está uno de los grandes cambios.
El público respondió
La reacción fue suficientemente fuerte para que el periódico quisiera más. Farnell señala que las cartas de los lectores llevaron al Sunday Express a publicar la semana siguiente otra pieza de Naylor, esta vez sobre las personas nacidas en septiembre. El éxito volvió a repetirse. Y el periódico encargó una serie regular a partir del 5 de octubre de 1930.
Holden confirma independientemente la misma secuencia: el artículo sobre la princesa fue bien recibido y el 5 de octubre comenzó lo que se convertiría en una colaboración semanal.
Aquí sí estamos ante un cambio histórico importante. No porque el signo solar acabara de ser inventado, sino porque una gran cabecera comprobó que la astrología podía convertirse en contenido periódico capaz de generar una respuesta enorme del público.
Después llegó el R-101
El 5 de octubre, en la primera entrega de esa nueva serie, Naylor publicó una advertencia sobre un posible peligro para aeronaves británicas. Ese mismo día, el dirigible británico R-101 se estrelló en Francia durante su viaje inaugural hacia India. Holden recoge el episodio y señala que aquello consolidó la reputación de Naylor. Farnell también documenta que la prensa aprovechó inmediatamente la coincidencia y que el Sunday Express dedicó a partir de entonces una página completa a sus artículos.
Aquí conviene aplicar la misma cautela que hemos utilizado con otros supuestos aciertos astrológicos: que una predicción coincida con un acontecimiento posterior no demuestra por sí sola la validez del procedimiento utilizado. Lo que sí podemos afirmar históricamente es que el accidente aumentó de forma extraordinaria la fama de Naylor. Para un periódico, aquello era una historia perfecta.
El verdadero descubrimiento de Naylor fue editorial
Y aquí empezamos a responder a la pregunta del título. ¿Qué hizo realmente Naylor?
No inventó el signo solar, ni las descripciones zodiacales, ni la astrología popular. Ni siquiera inventó en 1930 la columna de doce signos que hoy asociamos con los periódicos. Lo que ayudó a demostrar fue algo distinto: que la astrología podía convertirse en una sección periódica de enorme atractivo dentro de un gran medio generalista.
El lector no tenía que comprar una revista esotérica, ni buscar un astrólogo, ni conocer una técnica. El periódico llegaba a casa y la astrología estaba allí. Ese cambio de distribución es fundamental.
Y además apareció un competidor casi inmediatamente
El éxito no pasó desapercibido. El periódico rival The People contrató poco después al astrólogo Edward Lyndoe para escribir su propia columna. Holden presenta esa reacción como una consecuencia directa del éxito de Naylor.
Farnell muestra además que Lyndoe adoptó una combinación semejante de pronósticos generales, fechas de nacimiento y contenidos solares, aunque sus primeras columnas tampoco utilizaron inmediatamente el formato limpio de doce signos que hoy damos por supuesto.
Eso importa, porque en cuanto un formato demuestra que atrae lectores, otros medios empiezan a copiarlo. Y en ese momento deja de ser un experimento aislado. Empieza a convertirse en categoría.
Aquí aparece la gran sorpresa: Naylor tardó años en usar los doce signos
Esta es quizá la parte más reveladora.
Si Naylor hubiera inventado en agosto de 1930 la columna moderna de signos solares, esperaríamos encontrar desde el principio doce apartados, de Aries hasta Piscis. No ocurrió.
Farnell señala expresamente que Naylor no adoptó el formato de doce signos hasta 1936, cuando empezó a escribir para la revista Prediction. Y ni siquiera entonces el formato quedó decidido inmediatamente. En enero aparecieron apartados como «el tipo Acuario» o «el tipo Piscis». En marzo se abandonó la estructura. Volvió en agosto. Después se experimentó con fechas más visibles y signos como subtítulos. Hasta diciembre de 1936 no encontramos una presentación ya mucho más próxima al formato que nos parece normal hoy.
Esto cambia considerablemente la historia. La columna moderna no nació terminada. Fue probándose: los periodistas y astrólogos tuvieron que descubrir cómo presentarla.
Incluso otros formatos competían con los doce signos
Durante los años treinta hubo columnas divididas en siete grupos según los regentes planetarios tradicionales. Otras utilizaron nueve apartados. Algunas estaban organizadas principalmente por fechas de nacimiento. En ocasiones el espacio disponible era tan pequeño que las previsiones se reducían a unas pocas líneas.
El formato de doce signos que hoy parece inevitable fue solo una de varias posibilidades. Acabó ganando porque tenía ventajas enormes: era fácil de entender, cada lector tenía un apartado propio, se repetía perfectamente de un día a otro, los signos ya eran conocidos, y doce bloques ofrecían suficiente variedad para generar una sensación de personalización sin necesidad de levantar una carta individual.
La tecnología editorial y la astrología habían encontrado un punto de encuentro extraordinariamente eficiente.
Así se construyó después la leyenda de 1930
Con el paso del tiempo, la historia empezó a simplificarse. Naylor había sido el hombre que había aparecido en el Sunday Express, su columna había tenido un éxito enorme y otros periódicos habían seguido el modelo, hasta que la astrología de signos acabó inundando la prensa.
Era tentador convertir todo aquello en una escena fundacional: 24 de agosto de 1930, nace el horóscopo moderno.
Naylor tampoco hizo demasiado por impedir esa interpretación. Años después llegó a afirmar que sus artículos de 1930 habían cambiado por completo la actitud pública hacia la astrología y que esta había «despertado» en Londres aquel año. Tenía motivos para sentirse importante. Solo que la historia era bastante más larga.
Entonces, ¿qué debemos atribuirle?
Creo que después de veinte entregas podemos formularlo con bastante precisión.
R. H. Naylor no creó la astrología de signo solar desde cero. Recibió una tradición que ya contaba con siglos de antecedentes y varias décadas de popularización moderna. Lo que hizo fue contribuir decisivamente a unir tres elementos que hasta entonces no habían alcanzado juntos esa escala: astrología solar, prensa generalista y periodicidad.
El periódico proporcionó distribución. La astrología proporcionó contenido. El signo solar acabaría proporcionando una forma sencilla de personalizarlo para millones de lectores.
Ese proceso comenzó antes de Naylor y continuó después de él. Pero 1930 sí marca un punto de aceleración. Y eso es mucho más interesante que un falso momento de invención.
Ahora el problema era cómo convertirlo en una fórmula estable
Después de 1930 la prensa empezó a experimentar. Naylor, Lyndoe, Adrienne Arden, Phyllis Naylor: otros nombres aparecerían rápidamente. Las columnas podían organizarse por cumpleaños, por regentes planetarios, por periodos solares o por los doce signos.
Durante unos años convivieron varias soluciones. Hasta que una de ellas terminó imponiéndose: doce signos, doce apartados, un lugar para cada lector. Y hacia finales de los años treinta, según Farnell, para una gran parte del público aquello ya era prácticamente sinónimo de astrología.
Ese será nuestro siguiente paso.
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Mañana: cómo los doce signos terminaron conquistando periódicos y revistas durante los años treinta.


