Ayer llegamos al punto en que R. H. Naylor demostró que la astrología podía funcionar como contenido periódico dentro de un gran medio generalista.
Todavía faltaba algo que hoy nos parece obvio: doce signos, doce apartados, un lugar para cada lector. La columna moderna no apareció terminada.
Durante buena parte de los años treinta, astrólogos y editores probaron distintas maneras de organizar ese contenido. Algunos agrupaban a los lectores por planeta regente, otros por fechas de nacimiento, otros por días concretos, y solo poco a poco fue ganando terreno la fórmula que hoy reconocemos inmediatamente.
Eso convierte esta etapa en algo más interesante que una simple expansión de la astrología popular. Es también la historia de cómo un medio encontró el formato perfecto para un contenido que llevaba décadas buscando una forma estable.
Doce signos no era una solución tan evidente como parece
Hoy vemos Aries, Tauro, Géminis y los demás signos en una columna y damos por supuesto que siempre tuvo que ser así. No fue así.
Farnell muestra que algunos redactores experimentaron con otras divisiones. Adrienne Arden, por ejemplo, escribió para News of the World y Sunday Pictorial utilizando una estructura de siete grupos, basados en los regentes planetarios tradicionales: Aries y Escorpio podían compartir apartado por estar regidos por Marte; Tauro y Libra, por Venus; Sagitario y Piscis, por Júpiter; Capricornio y Acuario, por Saturno…
Otros columnistas utilizaron variaciones parecidas. Incluso Phyllis Naylor llegó a publicar en 1940 una columna dividida en nueve grupos, después de incorporar Urano y Neptuno como regentes de Acuario y Piscis. La estructura de doce signos todavía competía con otras posibilidades.
El espacio del periódico también decidía la astrología
Esto resulta especialmente interesante porque demuestra que la evolución del formato no dependió únicamente de teorías astrológicas. También dependía de algo mucho más prosaico: cuánto espacio había en la página.
Phyllis Naylor escribió durante los años treinta para el Daily Mirror unos breves «astro-telegramas» que cabían en un pequeño recuadro. Eran textos muy cortos, pensados para integrarse en una página donde la astrología tenía que competir con noticias, anuncios, fotografías y otros contenidos.
Doce párrafos ocupan bastante. Si el periódico disponía de poco espacio, podía ser más práctico agrupar signos, reducir previsiones o abandonar directamente el esquema zodiacal completo. La astrología popular estaba adaptándose a las restricciones del medio. Y eso es fundamental para entender por qué acabó tomando la forma que tomó.
Naylor también tuvo que experimentar
En la entrega anterior vimos que R. H. Naylor no empezó en 1930 con una columna de doce signos. Tampoco pasó de un formato a otro de manera inmediata.
Cuando en enero de 1936 comenzó a colaborar con la revista Prediction, publicó primero un artículo introductorio y después empezó a utilizar doce apartados con encabezados como «el tipo Acuario» o «el tipo Piscis», acompañados por las fechas correspondientes. Parecía exactamente lo que esperamos encontrar, pero solo durante un momento: en marzo el formato desapareció. Volvió en agosto, esta vez dando más protagonismo a las fechas y dejando el nombre del signo en segundo plano. No fue hasta diciembre cuando la presentación adoptó ya un aspecto mucho más reconocible, con los nombres de los signos claramente destacados y fechas explicativas asociadas a cada uno.
Esto nos dice algo importante: el formato de doce signos no fue simplemente descubierto. Fue diseñado, probado y corregido.
Las fechas todavía importaban tanto como los nombres
Hoy casi cualquiera sabe cuál es su signo. Eso permite escribir simplemente «Libra» y asumir que el lector sabrá dónde mirar.
En los años treinta esa familiaridad todavía estaba consolidándose. Por eso muchas columnas daban tanta importancia a las fechas: en algunos casos el encabezado principal era «21 de marzo-19 de abril» y después aparecía «Aries». La prioridad editorial era asegurarse de que el lector pudiera identificarse correctamente, incluso si todavía no conocía de memoria el nombre de su signo.
Poco a poco ocurrió algo decisivo: los nombres zodiacales dejaron de necesitar explicación constante. Aries, Leo, Virgo o Acuario empezaron a funcionar como categorías culturales conocidas por sí mismas. Ahí el signo solar dio otro paso hacia convertirse en identidad cotidiana.
Edward Lyndoe aceptó el sistema sin demasiados problemas
Uno de los nombres importantes de esta etapa fue Edward Lyndoe. Farnell señala que no veía ninguna dificultad especial en dividir a las personas en doce tipos según la posición del Sol. Lo comparaba con otras formas habituales de clasificar a las personas por características sociales o políticas.
Sus primeras columnas mezclaban predicciones políticas, comentarios para quienes cumplían años durante la semana y previsiones de signo solar, normalmente identificadas primero por fechas. Hacia 1939, sin embargo, Lyndoe ya utilizaba regularmente el formato de doce signos. Ese dato es importante porque muestra que, al final de la década, lo que unos años antes era un experimento estaba convirtiéndose en norma.
Australia ya lo había hecho antes
La expansión tampoco fue exclusivamente británica. Farnell documenta columnas de doce signos en Australian Women’s Weekly desde 1935, y también recoge ejemplos en la prensa estadounidense de ese mismo periodo.
Eso nos obliga otra vez a evitar una historia demasiado lineal. No existe un único momento en que alguien decide que a partir de entonces todos los periódicos tendrán doce signos: el formato aparece en distintos lugares, desaparece, cambia de presentación, compite con otras estructuras y finalmente se consolida. Es un proceso, y precisamente por eso resulta tan interesante.
¿Por qué ganaron los doce signos?
Aquí podemos pasar de la documentación histórica a una interpretación bastante sencilla.
El formato tenía varias ventajas difíciles de superar: cada lector encontraba un apartado propio, la estructura era siempre la misma, no requería explicar una técnica distinta cada semana y permitía cambiar el contenido sin cambiar el esqueleto, aprovechando además doce nombres que empezaban a ser cada vez más conocidos.
Desde el punto de vista editorial, eso es potentísimo. Un periódico puede repetir el formato todos los días, todas las semanas o todos los meses sin tener que enseñar de nuevo al lector cómo funciona. La persona abre la página, busca su signo, lee y sigue con el resto del periódico. Ese comportamiento acabará convirtiéndose en hábito.
La simplificación ya no era solo astrológica
Hasta este momento hemos hablado muchas veces de simplificación, primero porque el signo solar reduce una carta compleja a una sola posición. Pero ahora aparece otra simplificación distinta: la del consumo.
El lector ya no necesita comprender astrología para usarla. No necesita interpretar símbolos, conocer técnicas ni saber por qué ese texto está vinculado con determinados movimientos planetarios. Solo necesita saber dónde está su apartado.
La experiencia se vuelve inmediata. Y esa inmediatez explica gran parte de su éxito.
El precio fue enorme
Desde el punto de vista técnico, el coste también es evidente. Dos personas nacidas con el Sol en Cáncer pueden tener cartas completamente distintas: una puede tener la Luna en Aries y otra en Piscis, una puede tener Ascendente Capricornio y otra Géminis, y sus casas, aspectos y configuraciones pueden diferir por completo.
La columna elimina prácticamente toda esa individualidad. Pero consigue algo que una carta completa no puede hacer fácilmente: hablar simultáneamente a millones de personas.
Ese intercambio entre profundidad y alcance está en el centro de toda esta historia.
Y aquí empezó a cambiar también la imagen pública de la astrología
Cuando millones de personas encuentran astrología casi exclusivamente en estas pequeñas columnas, ocurre algo inevitable: empiezan a identificar la parte con el todo. Para alguien que nunca ha levantado una carta natal, astrología puede llegar a significar simplemente «lo que pone hoy para mi signo».
Esto tendrá consecuencias importantes después. Astrólogos que trabajaban con cartas completas empezarán a quejarse de que la imagen pública de su disciplina está siendo definida por su versión más reducida. Al mismo tiempo, esa misma versión reducida estará llevando la astrología a más personas que ninguna otra técnica anterior.
La contradicción queda instalada, y sigue viva hoy.
A finales de los treinta, el formato estaba prácticamente decidido
Lo que comenzó como una serie de experimentos editoriales terminó estabilizándose. Las doce divisiones resultaban comprensibles, los signos ya eran reconocibles, los medios habían comprobado que el público buscaba su apartado, y otros periódicos y revistas imitaban aquello que funcionaba.
Farnell muestra que hacia el final de la década la estructura zodiacal de doce signos se estaba convirtiendo en una forma normal de presentar astrología popular, aunque siguieran existiendo variantes. Ya no hacía falta inventar el formato. Había que multiplicarlo.
Entonces la historia dio otro giro
En 1939 comenzó la Segunda Guerra Mundial. De repente, los periódicos tenían asuntos mucho más graves de los que ocuparse. La astrología no desapareció, pero cambió de contexto: las preocupaciones del público eran otras, y las predicciones sobre guerra, líderes políticos y el futuro colectivo volvieron a cobrar importancia. El conflicto también alteró la manera en que se publicaba, se consumía y se discutía la astrología.
Cuando terminó la guerra, el formato de signo solar ya estaba lo bastante asentado como para continuar expandiéndose en un mundo nuevo.
Ese será nuestro siguiente paso.
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Mañana: qué ocurrió con la astrología de signo solar durante la guerra y cómo salió de ella todavía más preparada para convertirse en cultura de masas.


