Ayer dejamos a la astrología en una situación bastante extraña.
Había perdido gran parte del prestigio que había tenido entre determinados sectores cultos, pero seguía encontrando lectores. En Inglaterra continuaban los almanaques. En España, Torres Villarroel y los piscatores habían demostrado que los pronósticos podían convertirse en auténticos productos editoriales de masas.
La astrología no había desaparecido: había cambiado de lugar. Y durante el siglo XIX ocurrió algo todavía más inesperado. Empezó a regresar.
No volvió exactamente como había sido en tiempos de William Lilly. El mundo había cambiado demasiado. La industrialización estaba transformando las ciudades y el trabajo; la ciencia adquiría una autoridad creciente; las comunicaciones reducían distancias y nuevas ideas políticas, religiosas y sociales circulaban con una rapidez desconocida.
Pero precisamente dentro de ese mundo moderno apareció una extraordinaria fascinación por aquello que parecía quedar fuera de la explicación material: espíritus, magnetismo, mesmerismo, médiums, sociedades ocultistas, teosofía, y, entre todas ellas, otra vieja conocida, la astrología.
Dos hombres nacidos con nueve días de diferencia
La entrega anterior terminó con una coincidencia curiosa. En 1795 nacieron Robert Cross Smith y Richard James Morrison, separados por apenas nueve días. Los dos acabarían ocultando sus nombres reales detrás de nombres astrológicos mucho más memorables: Smith se convirtió en Raphael, Morrison en Zadkiel. Ambos serían fundamentales para el renacimiento de la astrología británica del siglo XIX.
Pero para nuestra historia del signo solar, Raphael tiene una importancia especial.
Robert Cross Smith empezó a estudiar astrología siendo joven en Bristol. Después se trasladó a Londres, donde trabajó como empleado de un constructor. Entre sus conocidos estaba George W. Graham, un aeronauta interesado también en astrología y alquimia. Puede parecer una combinación peculiar, aunque en aquel periodo no lo era tanto: los círculos interesados por innovaciones científicas, nuevas tecnologías, espiritualismo y ocultismo podían mezclarse con bastante facilidad.
Graham ayudó económicamente a Smith, y Smith tomó una decisión: dejar su trabajo y convertirse en astrólogo profesional.
Una revista que duró poco pero adelantó mucho
En 1824 Raphael se convirtió en editor de The Straggling Astrologer. La publicación no sobrevivió mucho tiempo, pero introdujo algo que resulta fundamental para nuestra historia.
Raphael empezó a publicar predicciones semanales relacionadas con asuntos que cualquier lector podía reconocer: amor y matrimonio, dinero, negocios, viajes. Kim Farnell considera aquellas previsiones las primeras predicciones semanales del periodismo astrológico y un antecedente claro de la futura columna de horóscopos.
Pensemos en el cambio: durante siglos el lector había comprado un almanaque anual, y ahora empezaba a existir otra posibilidad, volver la semana siguiente. La astrología comenzaba a adquirir el ritmo periódico que hoy damos por supuesto.
No era todavía «esta semana para Libra...». Pero la arquitectura editorial empezaba a estar ahí.
Después llegó The Prophetic Messenger
Raphael tuvo más éxito con otra publicación. En 1826 comenzó The Prophetic Messenger. Un año después incorporó predicciones para cada día del año, algo que Farnell identifica como una novedad dentro de los almanaques astrológicos.
Raphael alcanzó una considerable popularidad no solo en Gran Bretaña, sino también en Estados Unidos y Europa continental. Murió muy joven, en 1832, pero ocurrió algo especialmente interesante: su nombre no murió con él. Otros astrólogos continuaron publicando bajo el nombre de Raphael, y el seudónimo terminó convirtiéndose casi en una marca. Durante generaciones, los lectores podían comprar publicaciones de «Raphael» aunque Robert Cross Smith hubiera desaparecido hacía décadas.
La astrología estaba aprendiendo otra característica de la cultura de masas: el nombre del autor podía convertirse en un producto reconocible.
Los astrólogos tampoco estaban de acuerdo sobre cómo popularizar la astrología
Raphael tenía críticos dentro de la propia astrología. Algunos practicantes más técnicos consideraban que estaba simplificando demasiado la disciplina para atraer al público.
Este conflicto nos resulta ya familiar. Lo encontramos hoy cuando se discute si un horóscopo por signos puede llamarse realmente astrología, y lo seguiremos encontrando a medida que avancemos. La cuestión de fondo es la misma: ¿hasta dónde puede simplificarse una disciplina antes de que deje de representar lo que pretende divulgar?
Raphael optó claramente por llegar a más personas. Y para la historia que estamos reconstruyendo, esa decisión importa mucho, porque el signo solar acabará triunfando precisamente cuando la accesibilidad se convierta en una ventaja editorial.
Pero el siglo XIX no recuperó únicamente la astrología
A mediados de siglo se produjo un fenómeno mucho mayor.
En 1848, una familia estadounidense, los Fox, afirmó escuchar misteriosos golpes en su casa de Hydesville, Nueva York. Las hijas de la familia empezaron a interpretar aquellos sonidos como comunicaciones con los muertos. La historia se difundió con enorme rapidez. Había comenzado el auge del espiritismo moderno.
En pocos años aparecieron médiums, sesiones espiritistas y sociedades dedicadas a investigar supuestos fenómenos psíquicos. Farnell señala que hacia 1851 podía haber ya alrededor de un centenar de médiums solo en Nueva York. Las sesiones llegaron también a Europa y se convirtieron incluso en entretenimiento para reuniones privadas.
Pero reducirlo a entretenimiento sería engañoso. Para muchas personas formaba parte de una búsqueda intelectual y espiritual mucho más amplia.
Una época que dudaba y buscaba al mismo tiempo
El siglo XIX produjo transformaciones difíciles de exagerar. La industrialización alteró la vida cotidiana, las ciudades crecieron y la investigación científica cuestionaba explicaciones tradicionales de la naturaleza. La publicación de El origen de las especies de Charles Darwin en 1859 intensificó debates ya existentes sobre religión, humanidad y naturaleza.
Al mismo tiempo, muchas personas buscaban respuestas en otros lugares. El espiritismo ofrecía una posibilidad extraordinariamente atractiva: si podía demostrarse que los muertos seguían comunicándose, entonces quizá la existencia de una dimensión espiritual pudiera convertirse en algo observable. Ese intento de reconciliar misterio y modernidad aparecerá repetidamente en las nuevas corrientes ocultistas.
Y la astrología encontró un espacio dentro de ese ambiente. No porque espiritismo y astrología fueran lo mismo —no lo eran— sino porque empezaron a compartir lectores, reuniones, publicaciones y personas interesadas en construir una explicación del mundo que no terminara en lo puramente material.
Y en España ocurrió algo parecido
Aquí merece la pena volver a nuestro propio entorno.
El espiritismo no fue simplemente una moda británica o estadounidense que apenas rozó España. A mediados del siglo XIX empezó a despertar aquí un interés considerable. La investigación académica reciente señala que el espiritismo español llegó a relacionarse con el librepensamiento, la masonería y el feminismo, y que generó figuras, sociedades y publicaciones propias.
Después de la Revolución de 1868, el movimiento adquirió una visibilidad mucho mayor. En Madrid funcionó la Sociedad Espiritista Española, y aparecieron publicaciones dedicadas a estas ideas. Incluso se publicó a partir de 1873 un Almanaque del espiritismo, conservado actualmente en los fondos de la Biblioteca Nacional.
Esto resulta especialmente interesante después de la entrega de ayer. Los almanaques no habían desaparecido: cambiaban de contenido a medida que cambiaban las inquietudes del público. Durante el mismo siglo XIX en que seguían circulando calendarios con información zodiacal, agrícola y lunar, podían aparecer ya almanaques dedicados específicamente al espiritismo. La BNE documenta además que este tipo de publicaciones mantuvo una gran difusión durante todo el siglo.
La cultura popular seguía funcionando como un enorme lugar de encuentro entre conocimiento, creencias y entretenimiento.
El signo solar seguía ahí
Mientras todo esto ocurría, la astrología de signo solar no había desaparecido.
Farnell encuentra durante el siglo XIX libros populares que describen directamente a las personas según su periodo de nacimiento. Un ejemplo que recoge resulta especialmente claro: el autor comienza declarando que utilizará el recorrido del Sol por los distintos signos y después explica qué características corresponderían a quienes nacen durante cada uno de esos periodos. Al llegar a Acuario, sitúa la entrada del Sol alrededor del 20 de enero y diferencia incluso entre el carácter atribuido a hombres y mujeres nacidos durante ese periodo.
Otro autor, Thomas Hague, escribía en 1840 sobre el destino tradicionalmente asociado a quienes nacían aproximadamente entre el 20 de enero y el 20 de febrero, cuando el Sol estaba en Acuario.
La estructura resulta ya muy reconocible: fecha de nacimiento, posición del Sol, signo, interpretación. Esa estructura seguía circulando, a veces en libros de adivinación, a veces en publicaciones baratas, a veces mezclada con técnicas lunares. Todavía no dominaba el mercado. Pero tampoco estaba esperando a que alguien la inventara en 1930.
El gran cambio no fue una nueva técnica
Quizá esta sea una de las conclusiones más importantes del periodo.
El renacimiento de la astrología del siglo XIX no depende de que alguien descubra repentinamente una técnica astrológica revolucionaria. Muchas de las técnicas eran antiguas. Lo nuevo era el ecosistema cultural: más alfabetización, más imprentas, más publicaciones, más asociaciones, más circulación internacional de ideas, más públicos capaces de comprar libros y revistas, y una clase media cada vez más interesada en nuevos movimientos religiosos, científicos y esotéricos.
Farnell señala precisamente que estas clases medias tendrían un papel fundamental en la siguiente recuperación de la astrología. La astrología estaba encontrando un público diferente.
De saber popular a búsqueda esotérica
Hasta ahora hemos seguido principalmente la astrología que sobrevivía en almanaques y formas populares. El nuevo movimiento ocultista aportó otra dimensión.
Astrología, espiritismo, quiromancia, cábala, magia ceremonial y otras disciplinas comenzaron a encontrarse dentro de asociaciones y círculos que intentaban construir sistemas más amplios. Eso cambiaría también el modo de interpretar el Sol, porque hasta entonces muchas descripciones zodiacales habían estado muy ligadas a apariencia física, temperamento, fortuna, salud y acontecimientos concretos.
Durante las últimas décadas del siglo XIX comenzó a desarrollarse otro lenguaje: más psicológico, más espiritual, más centrado en la evolución interior. Y eso tendrá consecuencias enormes para nuestra idea moderna de lo que significa decir «soy Leo» o «soy Piscis»: el signo empezó progresivamente a dejar de describir solo una serie de rasgos externos o un destino y a decir algo sobre quién creemos ser.
La pieza que faltaba estaba a punto de aparecer
En 1875 se fundó en Nueva York una organización que tendría una influencia enorme en este proceso: la Sociedad Teosófica.
Helena Petrovna Blavatsky y quienes la rodeaban mezclaron ideas procedentes de diferentes tradiciones religiosas, filosóficas y esotéricas dentro de una propuesta que se extendería rápidamente por Europa y América. La astrología encontró allí un entorno especialmente favorable. Algunos de los astrólogos más influyentes de finales del XIX se convertirían en teósofos. Uno de ellos acabaría introduciendo a Alan Leo en ese mundo, y Alan Leo será decisivo para entender cómo llegamos desde aquellas antiguas descripciones zodiacales hasta la astrología moderna centrada en la personalidad.
España tampoco quedó al margen: el movimiento teosófico comenzó a organizarse aquí durante las últimas décadas del siglo, y en 1891 se formó el Grupo Español de la Sociedad Teosófica.
Ese será nuestro siguiente paso.
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Mañana: la Teosofía y el momento en que la astrología empezó a mirar menos al destino y más al interior de la persona.


