Ayer dejamos a John Partridge intentando convencer a todo Londres de algo que, en principio, no debería resultar demasiado complicado: que seguía vivo.
Jonathan Swift había conseguido convertir a uno de los astrólogos más conocidos de Inglaterra en objeto de una burla nacional. La historia parece ofrecer un final perfecto: llega la Ilustración, la razón avanza, los astrólogos quedan desacreditados, la astrología desaparece.
Pero basta con mirar lo que la gente seguía comprando para descubrir que ocurrió algo bastante distinto. La astrología perdió prestigio antes de perder lectores.
Y esto no sucedió únicamente en Inglaterra. Mientras Swift se reía de los astrólogos británicos, en España estaba a punto de comenzar una auténtica edad de oro de almanaques y pronósticos astrológicos. Su gran protagonista se llamaba Diego de Torres Villarroel.
Pero antes de llegar a Salamanca, volvamos por un momento a Inglaterra.
Fuera de la universidad, pero no fuera de la calle
A comienzos del siglo XVIII, la astrología ya no formaba parte de la vida académica británica como lo había hecho anteriormente. Había perdido prestigio en los grandes centros urbanos y estaba desplazándose hacia un mercado más popular.
Eso no significaba que los astrólogos hubieran cerrado sus consultas. Seguían trabajando, y la gente continuaba acudiendo a ellos para preguntar por enfermedades, dinero, relaciones, objetos perdidos o problemas cotidianos. También se anunciaban en la prensa provincial. La clientela existía.
Lo que había cambiado era el lugar cultural que ocupaba la actividad. Un siglo antes William Lilly podía intervenir en debates políticos nacionales y ser consultado por personajes poderosos. Ahora la astrología aparecía cada vez más asociada con la adivinación, los almanaques y el entretenimiento popular. La práctica sobrevivía, aunque su consideración social estaba cambiando.
Treinta mil mujeres comprando un almanaque
También cambió el público.
En 1704 apareció en Inglaterra The Ladies’ Diary, un almanaque dirigido específicamente a mujeres. Contenía artículos sobre mujeres conocidas, recetas, acertijos y material astrológico. A mediados del siglo XVIII llegaba a vender alrededor de 30.000 ejemplares al año.
El dato merece atención. La astrología ya no necesitaba presentarse como un gran tratado filosófico: podía aparecer junto a una receta, un problema matemático, una curiosidad o un calendario. Era precisamente esa capacidad para convivir con otros contenidos la que había permitido a los almanaques sobrevivir durante siglos.
Y mientras esto ocurría en Inglaterra, en España estaba creciendo un fenómeno editorial sorprendentemente parecido.
El Gran Piscator de Salamanca
Diego de Torres Villarroel nació en 1694. Fue escritor, médico, matemático, sacerdote y una de las figuras más singulares de la cultura española del siglo XVIII. También publicó numerosos almanaques astrológicos, firmados como El Gran Piscator de Salamanca.
La palabra piscator se había convertido en una denominación habitual para determinados autores de pronósticos y calendarios. Torres no inventó el género, pero se convirtió en su gran estrella española.
La Biblioteca Nacional conserva y ha digitalizado numerosos ejemplares de aquella literatura y describe a Torres Villarroel como uno de sus autores más importantes. Sus publicaciones podían llevar títulos que hoy resultan bastante más atractivos que un simple «Almanaque para 1760»: Los traperos de Madrid, Los carboneros de la calle de la Paloma, Los manchegos de la cárcel de villa. Después venía la explicación: pronóstico, diario de cuartos de Luna, sucesos elementales, acontecimientos políticos, calendario. Era astrología convertida en producto editorial popular.
Un pronóstico que construyó una reputación
Uno de los episodios que más contribuyeron a la fama de Torres ocurrió en 1724. Según recoge la Biblioteca Nacional, había pronosticado para aquel año la muerte de Luis I de España, situándola en el rigor del verano. El joven rey murió el 31 de agosto de 1724.
A partir de entonces, sus pronósticos adquirieron una reputación enorme entre muchos lectores. Conviene ser precisos: que una predicción coincida con un acontecimiento posterior no demuestra por sí misma la validez del procedimiento utilizado. Lo que sí podemos afirmar históricamente es que el supuesto acierto aumentó la fama del autor. Y la fama vendía almanaques.
España tenía su propia astrología popular
Aquí aparece algo que me interesa especialmente para nuestra serie.
Si solo siguiéramos la historia británica, podríamos pensar que la supervivencia de la astrología mediante los almanaques fue un fenómeno local. No lo fue. En la España del XVIII encontramos una cultura editorial extraordinariamente parecida: pronósticos anuales, fases lunares, calendarios, predicciones meteorológicas, acontecimientos políticos, astrología, curiosidades, consejos, literatura.
La Biblioteca Nacional conserva colecciones completas de este tipo de materiales y destaca que alcanzaron una enorme difusión durante los siglos XVIII y XIX. Para una parte de la población podían constituir una de las pocas lecturas a las que se tenía acceso habitualmente.
Esto es importante, porque una idea no se convierte en popular únicamente porque alguien la escriba: necesita canales de distribución, repetición y lectores. Y los almanaques proporcionaban las tres cosas.
Había almanaques casi para cualquiera
El éxito terminó generando especialización. La Biblioteca Nacional documenta publicaciones dirigidas a distintos públicos y actividades: había almanaques para navegantes, para el mundo rural, para mujeres, almanaques económicos, almanaques cómicos, e incluso títulos como El Piscator de los viejos del Lavapiés.
De nuevo aparece una lógica que reconoceremos perfectamente cuando lleguemos al siglo XX: segmentar al público, porque no todo el mundo quiere leer lo mismo y un mismo formato puede adaptarse a distintos grupos. La astrología encontraba así diferentes maneras de entrar en la vida cotidiana.
Torres Villarroel no estaba solo
Su éxito generó imitadores. El término piscator terminó asociado con todo un género editorial. Aparecieron numerosos autores y autoras que publicaban pronósticos tratando de aprovechar el mercado creado alrededor de estas publicaciones. Incluso encontramos títulos dirigidos específicamente a mujeres y autorías femeninas o presentadas como tales.
Un volumen académico publicado en 2022 y dedicado íntegramente a este fenómeno reúne veinticuatro estudios sobre Torres Villarroel y el auge de la literatura astrológica española del siglo XVIII. Sus trabajos analizan, entre otras cosas, la astrología, la imprenta, las estrategias comerciales, los públicos y las polémicas que rodearon a los almanaques. El propio volumen describe aquel periodo como una etapa de auge de esta literatura, precisamente mientras la astrología perdía prestigio intelectual.
Esta aparente contradicción es exactamente la misma que estamos observando en Inglaterra: la astrología estaba bajando de categoría cultural y subiendo de circulación popular.
Se podía despreciar la astrología y comprar el pronóstico
Eso quizá sea lo más interesante.
Las élites intelectuales podían considerarla una supervivencia de épocas menos ilustradas, los críticos podían ridiculizarla y las autoridades podían tratar de limitarla. Pero los lectores seguían comprando.
Ese comportamiento no resulta tan extraño si pensamos en nuestra propia época. Una persona puede afirmar que no cree en astrología y, diez minutos después, leer su horóscopo. Puede reírse de los signos y saber perfectamente cuál es el suyo. Puede considerar que todo aquello es solo entretenimiento y, aun así, sentir curiosidad. El distanciamiento intelectual y el consumo pueden coexistir. Ya ocurría hace trescientos años.
Mientras tanto, en Inglaterra...
La astrología seguía produciendo personajes peculiares. Uno de los más destacados del XVIII fue Henry Season, médico y cirujano autodidacta que también estudió astrología y publicó almanaques durante décadas. Después apareció Ebenezer Sibly, otra figura importante en la transición hacia el siglo XIX.
Sibly tuvo un papel especialmente interesante porque estuvo detrás de una publicación que Farnell identifica como la primera revista dedicada exclusivamente a la astrología. En 1791 apareció The Conjurer’s Magazine. Al principio mezclaba astrología con experimentos químicos, trucos y otros contenidos. En 1793 cambió su título por The Astrologer’s Magazine y pasó a concentrarse completamente en astrología.
Ahora ya no tenemos astrología dentro de un almanaque general. Tenemos una revista de astrología. El siguiente paso editorial estaba dado.
Pero todavía no dominaba el signo solar
Aquí debemos detenernos para no contar la historia al revés.
Ya encontramos astrología basada en el signo solar durante el siglo XVIII y comienzos del XIX. Pero todavía no era la forma dominante de astrología popular. Farnell señala que las publicaciones sencillas seguían concediendo mucha importancia al Ascendente y que, sobre todo, la astrología lunar continuaba siendo la forma popular predominante.
Esto importa mucho. Nuestro recorrido no consiste en encontrar el signo solar en cualquier época y declarar que ya había llegado a su forma definitiva. Estamos siguiendo cómo fue ganando terreno. En estos momentos convivía con muchas otras técnicas más fáciles de utilizar popularmente. La simplificación seguía buscando su formato vencedor.
En 1814 alguien descubrió que tener una revista astrológica no garantizaba lectores
John Corfield intentó publicar The Urania en junio de 1814. Duró un solo número. El ejemplar conservado en la British Library contiene anotaciones del propio Corfield reconociendo que había inventado las cartas de los lectores y que había perdido el dinero invertido porque nadie quería comprar la revista.
Otra publicación, The London Correspondent, duró ocho meses.
La astrología tenía público. Eso no significaba que cualquier producto astrológico funcionara. También entonces había que encontrar el formato, el público, el precio, el contenido y el medio adecuados.
Y entonces nacieron dos niños con nueve días de diferencia
En 1795 nacieron dos personas que tendrían un papel decisivo en el siguiente capítulo de nuestra historia. Solo les separaban nueve días. Uno acabaría llamándose Zadkiel. El otro adoptaría el nombre de Raphael. Sus nombres reales eran Richard James Morrison y Robert Cross Smith. Ambos contribuirían al gran renacimiento astrológico del siglo XIX.
Pero para nuestra historia hay uno especialmente importante: Raphael. En 1824 se convirtió en editor de The Straggling Astrologer. Y allí introdujo algo que empieza a sonar extraordinariamente moderno: predicciones astrológicas semanales sobre amor, matrimonio, dinero, negocios y viajes.
Farnell las considera las primeras predicciones semanales del periodismo astrológico y un antecedente directo de la futura columna de horóscopos. La distancia con nuestro mundo empieza a hacerse muy pequeña.
La astrología sobrevivió porque supo cambiar de medio
Eso es lo que une Inglaterra y España durante este periodo. En ambos lugares la astrología perdió buena parte de la legitimidad intelectual que había tenido siglos antes. Pero encontró otros lugares donde sobrevivir: almanaques, pronósticos, consultas, libros populares, revistas, calendarios. Y cada uno de esos formatos hacía una cosa fundamental: ponía astrología delante de personas que no eran astrólogos.
Ese es el terreno en el que terminará triunfando el signo solar. No porque sea la forma técnicamente más completa de interpretar una carta, sino precisamente por lo contrario: porque permite comunicar algo astrológico sin exigir al lector que conozca casas, aspectos, dignidades, tablas o procedimientos de cálculo.
Todavía no ha ganado esa batalla. Pero durante el siglo XIX empezará a acercarse rápidamente. Y será entonces cuando aparezca una extraña combinación de espiritismo, ocultismo, nuevas revistas, sociedades esotéricas y una renovada fascinación por las ciencias ocultas. La astrología que parecía haber quedado arrinconada volverá a crecer.
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Mañana: cómo la astrología regresó durante el siglo XIX después de que muchos la hubieran dado por muerta.


