En febrero de 1708 apareció en Londres una publicación titulada Predictions for the Year 1708. Su autor firmaba como Isaac Bickerstaff.
Entre sus predicciones había una especialmente concreta: el astrólogo John Partridge moriría el 29 de marzo, alrededor de las once de la noche, víctima de una fiebre. No era una predicción vaga: tenía día, hora y causa de muerte.
Solo había un problema. Isaac Bickerstaff no existía. Detrás del nombre estaba Jonathan Swift, el escritor que años después publicaría Los viajes de Gulliver. Y su intención no era demostrar que sabía astrología. Era ridiculizar a un astrólogo.
El objetivo era John Partridge
John Partridge suele aparecer en esta historia descrito simplemente como un antiguo zapatero convertido en astrólogo. La realidad era algo más interesante.
Había comenzado efectivamente como zapatero, aunque después estudió por su cuenta latín, griego, hebreo y astrología. Llegó a matricularse en la Universidad de Leiden, en los Países Bajos, donde obtuvo formación médica. Desde 1680 publicaba almanaques y llegó a presentarse como médico de la corte, aunque Farnell señala que aparentemente nunca atendió al rey ni recibió salario por ello.
Partridge no era, por tanto, un personaje completamente marginal. Tenía lectores, publicaba regularmente, hacía predicciones y participaba en debates políticos y religiosos. Y, además, tenía cierta confianza en sus propias capacidades: en uno de sus almanaques llegó a desafiar a sus lectores a hacer predicciones y comprobar si podían superar las suyas.
Jonathan Swift decidió aceptar el desafío. Aunque no exactamente de la forma que Partridge esperaba.
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Swift tenía más de un motivo
La burla no surgió únicamente de una discusión sobre astrología.
Partridge había atacado a la Iglesia de Inglaterra y utilizaba sus almanaques para defender posiciones políticas vinculadas a los whigs. Swift, que había sido ordenado dentro de la Iglesia de Irlanda, se encontraba en el lado contrario de varias de esas disputas.
Así que creó a Isaac Bickerstaff. El personaje se presentaba como un astrólogo capaz de ofrecer predicciones mucho más precisas que las de los autores habituales de almanaques. Y para demostrarlo escogió una víctima concreta: Partridge.
La lógica de la broma era bastante eficaz: si un astrólogo era capaz de prever el destino de otras personas, debería ser posible prever también el suyo. Bickerstaff anunció entonces que Partridge moriría el 29 de marzo de 1708.
Partridge respondió inmediatamente. Aseguró que Bickerstaff era un impostor y que cuando terminara marzo quedaría demostrado. Londres solo tenía que esperar.
Llegó el 29 de marzo
Partridge no murió. Swift, sin embargo, no permitió que ese pequeño inconveniente arruinara su predicción. La misma noche publicó una elegía fúnebre dedicada al supuesto fallecido.
Poco después apareció también un panfleto anónimo titulado The Accomplishment of the First of Mr. Bickerstaff’s Predictions. La historia que contaba era todavía mejor: según el texto, alguien que conocía personalmente a Partridge había confirmado su muerte. Antes de morir, el astrólogo habría reconocido incluso que era un fraude y que realizaba sus predicciones únicamente para poder mantener económicamente a su esposa.
La predicción había acertado, más o menos: el panfleto afirmaba que Partridge había muerto a las 7:05 de la tarde en lugar de a las once de la noche. La diferencia parecía menor frente al hecho fundamental: John Partridge estaba oficialmente muerto.
La noticia empezó a circular por Londres y llegó al gran público el 1 de abril. La elección de la fecha hizo que todo adquiriera todavía más aspecto de burla colectiva.
El problema de demostrar que sigues vivo
Partridge intentó explicar que no había muerto. En circunstancias normales parecería una tarea bastante sencilla. Pero Swift había conseguido crear una situación absurda: cuanto más insistía Partridge en que estaba vivo, más material proporcionaba para continuar la broma.
En 1709 apareció Squire Bickerstaff detected, escrito por Thomas Yalden haciéndose pasar por Partridge, donde se relataban las consecuencias de aquella falsa muerte. Según ese texto, un sacristán llegó a preguntar qué instrucciones había dejado el doctor para su sermón fúnebre. Otras personas lo detenían por la calle y le decían que se parecía extraordinariamente a un conocido que acababa de morir. Enterradores, fabricantes de ataúdes y vendedores de elegías entraban en la historia. Incluso cuando Partridge decía «soy Partridge», la respuesta podía ser que debía de tratarse del hermano del fallecido.
La sátira había conseguido algo extraordinario: convertir la existencia de una persona viva en asunto discutible.
Swift se negó a resucitarlo
Partridge publicó su propia respuesta denunciando a Bickerstaff como impostor. Swift respondió con una lógica deliberadamente absurda: Partridge tenía que estar muerto, porque ningún hombre vivo podría haber escrito las tonterías que aparecían en su último almanaque.
La broma continuó durante meses. Partridge llegó a retirarse temporalmente de la vida pública, aunque eso tampoco solucionó el problema: cuando volvió a aparecer, seguía encontrándose con personas que hacían comentarios sobre su supuesto entierro. Su esposa llegó a ser llamada «viuda Partridge». Circuló el rumor de que otro astrólogo se había instalado en la casa del difunto. Incluso hubo que impedir que se colocara una lápida con su nombre.
Cuanto más protestaba, más divertida resultaba la situación para quienes seguían la historia.
¿Swift consiguió destruir a Partridge?
Aquí aparece una parte especialmente interesante.
La historia suele contarse como si esta sátira hubiera acabado con la carrera de Partridge y simbolizara incluso la muerte de la astrología inglesa. Farnell introduce un matiz importante: no fue así. Cuando el almanaque de Partridge volvió a publicarse en 1713, sus ventas no se desplomaron. La publicación continuó utilizando su nombre hasta finales del siglo XVIII.
Es decir: Swift consiguió ridiculizarlo y convertirlo en objeto de una de las bromas literarias más famosas de su tiempo, pero no consiguió eliminar el mercado de la astrología. Eso cambia bastante la lectura del episodio.
La astrología no murió en 1708
Farnell señala que la supuesta «muerte» de la astrología en el siglo XVIII suele situarse simbólicamente en este episodio. La fecha sería marzo de 1708. El verdugo, Jonathan Swift. La imagen es irresistible: un gran escritor de la Ilustración ridiculiza a un astrólogo, el público se ríe, la razón moderna derrota a la superstición, fin de la astrología.
Solo que la historia real vuelve a ser mucho menos limpia. Los almanaques continuaron vendiéndose, la gente siguió consultando astrólogos y continuaron publicándose predicciones. Incluso algunas personas que atacaban públicamente la astrología seguían estudiándola en privado.
Lo que estaba cambiando no era simplemente la existencia de la astrología. Era su prestigio cultural.
Reírse de algo también cambia su lugar en la sociedad
Durante el siglo XVII William Lilly podía escribir sobre política, aconsejar a personajes influyentes y convertirse en una figura de relevancia nacional. A comienzos del XVIII, la atmósfera intelectual estaba cambiando. Cada vez resultaba más aceptable que una persona cultivada se riera públicamente de los astrólogos.
La astrología podía seguir teniendo mercado, seguir teniendo lectores e incluso conservar practicantes entre personas instruidas. Pero empezaba a ocupar otro lugar. Dejaba progresivamente de ser una disciplina que aspiraba a compartir espacio con otros saberes cultos y se desplazaba hacia formas más populares: almanaques, adivinación, pronósticos, publicaciones baratas, consultas privadas.
La astrología estaba perdiendo respetabilidad mucho antes de perder público.
Y esto importa mucho para nuestra historia del signo solar
Podríamos pensar que una disciplina que pierde prestigio entre las élites está condenada a desaparecer. La historia del signo solar nos obliga a considerar casi lo contrario.
La supervivencia de la astrología popular permitió que siguieran circulando los doce signos, sus significados, los pronósticos, los calendarios y las asociaciones zodiacales. Mientras determinados sectores intelectuales se alejaban de la astrología, un público mucho más amplio continuaba consumiéndola. Y esa separación entre astrología culta y astrología popular acabará siendo decisiva.
Porque el signo solar no triunfará principalmente en universidades ni en tratados técnicos. Triunfará allí donde ya habían sobrevivido los almanaques: entre lectores que querían una astrología sencilla, accesible y fácil de reconocer.
Eso nos lleva al siglo XVIII y comienzos del XIX. Una época en la que la astrología parecía haber desaparecido del mundo respetable. Y, sin embargo, seguía perfectamente viva.
Mañana: cómo sobrevivió la astrología cuando dejó de ser respetable.


