El 12 de marzo de 1254, en Toledo, ocurrió algo de lo que podemos conocer incluso la hora aproximada.
A primera hora de aquella mañana, Yehudá ben Mošé ha-Kohén comenzó a traducir un tratado árabe de astrología por orden de Alfonso X. El detalle resulta extraordinario por sí mismo: un médico y traductor judío, trabajando para un rey cristiano, tomaba una obra escrita en árabe y la trasladaba a una lengua que todavía estaba construyendo buena parte de su vocabulario científico, el castellano.
La obra acabaría llamándose Libro conplido en los iudizios de las estrellas.
Y esta vez no necesitamos reconstruir la escena a partir de una fecha aproximada. El filólogo Gerold Hilty pudo situar el comienzo de la traducción en la mañana del 12 de marzo de 1254 gracias a una rúbrica y a la configuración astronómica incluida en el propio manuscrito. Incluso propuso las 6:28 como hora, aunque él mismo advierte de que depende de la exactitud de esa figura.
Estamos en el siglo XIII. Y la Península Ibérica ocupa un lugar mucho más importante en esta historia de lo que podría parecer si solo miramos hacia Inglaterra, Francia o Italia.
Un tratado árabe, un traductor judío y un rey cristiano
El libro que Yehudá tenía delante no era una obra menor.
Su autor había sido el astrólogo del siglo XI ʿAlī ibn Abī l-Riŷāl, conocido posteriormente en Europa con distintas formas de su nombre. Su tratado de astrología judiciaria había circulado en árabe antes de que Alfonso X ordenara traducirlo al castellano.
La astrología judiciaria era la rama que intentaba emitir juicios a partir de las configuraciones celestes: sobre acontecimientos, personas, preguntas, nacimientos y otros asuntos. Es decir, estamos muy lejos de una simple lista de características de Aries, Tauro o Géminis. Estamos ante astrología técnica: cálculos, planetas, casas, aspectos, natividades, pronósticos — todo un edificio intelectual que exigía formación especializada.
El interés para nuestra historia está precisamente ahí. Mientras hemos ido siguiendo cómo determinadas ideas zodiacales circulaban de manera popular y simplificada, en otros ámbitos la astrología medieval había alcanzado un nivel de elaboración enorme. Las dos historias coexistían.
Toledo era un puente
Cuando pensamos en la Europa medieval, resulta fácil imaginar territorios culturales separados: por un lado el mundo cristiano, por otro el islámico y, en medio, las comunidades judías. La realidad intelectual de lugares como Toledo fue bastante más compleja.
Durante siglos habían circulado allí personas, manuscritos, lenguas y conocimientos procedentes de diferentes tradiciones. Después de la conquista cristiana de Toledo en 1085, una parte importante de ese patrimonio escrito en árabe quedó accesible a estudiosos que buscaban obras de astronomía, medicina, matemáticas, filosofía y astrología.
Durante los siglos XII y XIII, Toledo se convirtió en uno de los principales centros europeos de traducción de conocimiento árabe. A menudo hablamos de la Escuela de Traductores de Toledo, aunque conviene no imaginar una institución organizada como una universidad moderna. Lo que existió fueron diferentes grupos, proyectos y traductores trabajando en épocas distintas.
Con Alfonso X, aquel proceso adquirió además una característica especialmente importante: muchas obras empezaron a trasladarse directamente al castellano. Ya no era imprescindible que el conocimiento terminara únicamente en latín. El romance podía convertirse también en lengua científica.
Alfonso X quería los libros que faltaban
El prólogo del Libro conplido explica con bastante claridad el propósito de aquel trabajo.
Presenta a Alfonso X como un gobernante interesado en las ciencias, que reunía a personas con conocimientos y ordenaba trasladar al castellano obras que no estaban disponibles en Occidente. Hilty ha señalado algo especialmente revelador en ese prólogo: existe una conciencia explícita de que determinadas áreas del saber oriental poseían materiales que el mundo latino necesitaba recuperar mediante la traducción. La astrología estaba entre ellas.
Hoy quizá resulte extraño encontrarla incluida junto a astronomía, matemáticas o medicina. Para quienes trabajaban en aquel entorno intelectual, las fronteras eran otras. Astronomía y astrología compartían cálculos, tablas, instrumentos y observación celeste; una proporcionaba buena parte de la infraestructura necesaria para practicar la otra. Esto explica por qué la corte alfonsí produjo o promovió una cantidad considerable de literatura relacionada con ambas.
Yehudá ben Mošé no tradujo un solo libro
Yehudá era una figura especialmente adecuada para aquel mundo de conexiones. Era médico, conocía árabe y trabajaba al servicio de Alfonso.
Antes del Libro conplido había participado en la traducción del Lapidario, otra obra donde aparecen relaciones entre piedras, signos, planetas y constelaciones. Después intervino en otros proyectos científicos: en 1256 terminó, junto con Guillén Arremón de Aspa, una traducción relacionada con las estrellas fijas; en 1259 concluyó, junto con Juan de Aspa, traducciones como el Libro dell alcora y el Libro de las cruzes.
La corte de Alfonso X produjo así un conjunto de obras astrológicas y astronómicas notable para su época. La propia Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes incluye entre las principales obras científicas impulsadas por Alfonso X el Libro conplido, el Libro de las figuras de las estrellas fixas y otras obras relacionadas con la observación y el cálculo celeste.
¿Qué tiene que ver todo esto con el signo solar?
Mucho, aunque quizá no de la manera más evidente.
No hemos encontrado todavía un equivalente medieval de «eres Libra, por eso eres así». Eso sería forzar la documentación. Lo que estamos viendo es algo anterior y necesario: para que una cultura pueda desarrollar interpretaciones astrológicas relacionadas con el nacimiento necesita primero disponer de un sistema capaz de establecer dónde estaban los planetas, qué signo ocupaban, cómo se relacionaban entre sí, qué punto ascendía y qué significados atribuir a esas posiciones.
El Libro conplido pertenece precisamente a ese mundo técnico. La astrología de las natividades era ya una disciplina suficientemente desarrollada como para llenar tratados extensos y exigir especialistas capaces de leerlos.
Nuestra historia del signo solar representa, en cierto sentido, el proceso contrario: ¿qué ocurre cuando parte de toda esa complejidad empieza a simplificarse hasta que basta con conocer una fecha de nacimiento? Para comprender la simplificación conviene saber primero qué se estaba simplificando.
El castellano empezó a hablar de astrología
Hay además algo especialmente cercano para quienes estamos leyendo esta historia en español.
Palabras, conceptos y técnicas astrológicas que habían viajado por Babilonia, Grecia, el mundo helenístico, Persia y el mundo islámico empezaban ahora a escribirse también en castellano. No debemos imaginar una transmisión lineal ni limpia: cada cultura tradujo, corrigió, reinterpretó y mezcló materiales anteriores.
Pero el movimiento general resulta extraordinario. Una obra escrita en árabe por un astrólogo del siglo XI podía acabar, dos siglos más tarde, sobre una mesa de trabajo toledana, convertida al castellano por un sabio judío al servicio de un monarca cristiano. Pocas escenas muestran mejor hasta qué punto la historia de la astrología europea también es una historia de traducciones.
Y Toledo no estaba solo
La Península había producido figuras relevantes mucho antes de Alfonso X.
En Tudela había nacido Abraham ibn Ezra, uno de los grandes transmisores medievales de conocimientos astrológicos judíos. Vivió en el siglo XII y escribió numerosas obras astrológicas que circularon después por Europa, entre ellas tratados dedicados específicamente a las natividades. Una edición latina de su De nativitatibus, impresa en Venecia en 1485, se conserva actualmente en fondos históricos españoles.
También en al-Ándalus habían trabajado astrónomos como al-Zarqālī, Azarquiel, cuya labor con tablas e instrumentos tuvo una profunda influencia posterior. Aquí conviene mantener una distinción: astronomía y astrología estaban estrechamente relacionadas históricamente, pero no debemos convertir automáticamente a todo astrónomo medieval en astrólogo. Lo interesante es que toda esa infraestructura matemática y observacional hacía posible calcular el cielo que después interpretaba la astrología.
Una historia menos europea de lo que parece
Quizá este sea el descubrimiento más importante de nuestra parada en Toledo.
Cuando hablamos de «astrología europea medieval», corremos el riesgo de imaginar que Europa produjo todo ese conocimiento dentro de sus propias fronteras. No fue así. Una parte importante había pasado por el árabe: fue conservada, comentada, desarrollada o transformada en centros intelectuales del mundo islámico, y después regresó o llegó a la Europa latina mediante lugares de contacto como la Península Ibérica.
En ese proceso participaron musulmanes, judíos y cristianos. No siempre de forma armónica, desde luego: la convivencia medieval estuvo llena también de conflictos, desigualdades y persecuciones. Pero intelectualmente hubo intercambio. Y para nuestra historia ese intercambio resulta fundamental, porque mientras en Europa se conservaban calendarios populares y significados zodiacales sencillos, por otras vías estaban entrando tratados que devolvían a Occidente una astrología técnica enormemente sofisticada.
Las dos corrientes terminarían encontrándose. Y entonces aparecería una tecnología capaz de cambiar por completo quién podía acceder a esos conocimientos.
No Internet. Ni siquiera el periódico.
La imprenta.
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Mañana: el extraño bestseller de finales de la Edad Media que ya describía a las personas por su signo.


