En 1644 apareció en Inglaterra un nuevo almanaque astrológico.
Su autor tenía cuarenta y dos años y llevaba tiempo estudiando y practicando astrología, aunque todavía no era la celebridad que llegaría a ser. Su autor era William Lilly.
Durante las décadas siguientes aconsejaría a políticos, militares y miembros de ambos bandos de la guerra civil inglesa. Publicaría uno de los libros de astrología más influyentes de la tradición occidental. Tendría problemas repetidamente con la justicia. Llegaría a vender alrededor de 30.000 ejemplares anuales de su almanaque y, años después, sería interrogado por una comisión parlamentaria que investigaba el Gran Incendio de Londres.
Kim Farnell describe el siglo XVII como la edad de oro de la astrología inglesa y considera a Lilly su figura más conocida.
Su historia permite comprender algo que hoy resulta difícil imaginar: hubo una época en la que un astrólogo podía formar parte de la conversación política nacional.
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De criado en Londres a estudiante de astrología
William Lilly nació en 1602 en Diseworth, un pequeño pueblo de Leicestershire. Llegó a Londres en 1620.
No llegó como astrólogo. Entró al servicio de Gilbert Wright, un hombre acomodado que vivía en el Strand, y trabajó para él durante siete años como criado y secretario.
Tras la muerte de Wright, Lilly terminó casándose con su viuda. La casa en la que anteriormente había trabajado pasó a ser suya y su situación económica cambió considerablemente.
Entonces conoció al astrólogo Evans. Según recoge Farnell, aquel encuentro despertó un interés enorme en Lilly. Compró libros de astrología y se dedicó a estudiarlos día y noche. Afirmaría después que en unas seis semanas ya podía levantar e interpretar un horóscopo.
El dato procede de la tradición biográfica sobre Lilly y conviene leerlo como tal. Lo significativo es la velocidad con la que la astrología pasó a ocupar el centro de su vida. En 1624 ya enseñaba y practicaba.
Antes de convertirse en el gran astrólogo, buscó un tesoro bajo Westminster
La biografía de Lilly contiene episodios que parecen escritos para una novela.
Durante sus primeros años de interés por el ocultismo, un estudioso le dejó como garantía un manuscrito que explicaba procedimientos para invocar espíritus.
Poco después, David Ramsay, relojero del rey, aseguró que había un tesoro enterrado bajo Westminster Abbey. Lilly y John Scott aceptaron participar en la búsqueda.
Delante de unas treinta personas localizaron un lugar mediante técnicas adivinatorias, excavaron y encontraron un ataúd. Según el relato recogido por Farnell, entonces comenzó a soplar un fuerte viento y Lilly tuvo que intervenir para despedir a los espíritus mientras algunos espectadores se reían.
Años después se alejaría de esa clase de prácticas. Tras varios litigios relacionados con propiedades, alquiló una casa en Hersham, Surrey, quemó sus libros de magia y pasó unos cinco años llevando una vida mucho más tranquila.
La astrología, en cambio, permaneció. En 1641 regresó a Londres dispuesto a retomarla seriamente. El momento histórico no podía ser más propicio.
Inglaterra estaba a punto de romperse en dos
La década de 1640 llevó a Inglaterra a una guerra civil. Por un lado estaban los partidarios del rey Carlos I; por otro, quienes apoyaban al Parlamento.
La astrología entró directamente en esa disputa. Los astrólogos publicaban pronósticos políticos, tomaban partido, discutían entre ellos y utilizaban los almanaques como armas de propaganda. Farnell señala que el debilitamiento de la autoridad gubernamental durante las primeras décadas del siglo XVII había permitido que los astrólogos adoptaran un papel político mucho más abierto.
William Lilly acabaría en el centro de aquel mundo. En 1643 impresionó al parlamentario Bulstrode Whitelocke con un pronóstico acertado sobre la evolución de una enfermedad. Gracias a él entró en contacto con miembros destacados del Parlamento.
Un año después apareció el almanaque con el que se dio a conocer: se agotó en una semana.
Los dos bandos querían consultarle
La posición política de Lilly fue más complicada de lo que podría parecer.
Acabó identificándose públicamente con el Parlamento, aunque también atendió a personas vinculadas con los realistas. Uno de los episodios más llamativos ocurrió cuando Lady Jane Whorwood acudió clandestinamente a consultarle mientras se preparaba un plan para ayudar al rey Carlos I a escapar de su cautiverio.
Lo visitó tres veces. Lilly recomendó un lugar de Essex y recibió veinte libras por su trabajo, una cantidad considerable en aquel momento.
Al mismo tiempo mantenía una dura disputa pública con otro astrólogo, George Wharton, partidario declarado de la monarquía.
Astrología y propaganda política se habían mezclado hasta un punto difícil de concebir desde nuestra perspectiva actual. Un almanaque podía contener predicciones sobre el futuro del rey. Otro podía responder atacando al astrólogo rival. Los acontecimientos militares daban después material para que cada autor reivindicara sus aciertos y señalara los errores del contrario.
La batalla que consolidó su fama
Uno de los pronósticos que más contribuyó a la reputación de Lilly estuvo relacionado con la derrota del rey en la batalla de Naseby. Farnell señala que esa predicción lo consolidó como el principal astrólogo inglés de su tiempo.
Naseby, librada en 1645, fue una batalla decisiva de la guerra civil. La victoria parlamentaria destruyó buena parte del ejército realista y debilitó gravemente la posición de Carlos I.
Para Lilly, la fama tenía también un precio. Sus escritos políticos y su apoyo a determinadas reivindicaciones del ejército hicieron que tuviera que comparecer ante el Comité Parlamentario de Examinaciones. No se presentaron cargos, aunque no sería la última vez que tendría que explicar ante las autoridades lo que había escrito o predicho.
En 1647 publicó Christian Astrology
Ese mismo periodo produjo la obra por la que Lilly sigue siendo estudiado hoy. En 1647 publicó Christian Astrology, un tratado extenso sobre los fundamentos y las técnicas astrológicas de su tiempo, especialmente conocido por su desarrollo de la astrología horaria. Más de tres siglos después continúa siendo una obra de referencia dentro de determinadas corrientes de astrología tradicional.
Su importancia en nuestra serie no procede de que Lilly practicara una astrología basada exclusivamente en el signo solar. No era así: Lilly representa justamente el otro extremo, una astrología técnica, detallada y basada en numerosos factores.
Eso nos ayuda a entender la tensión que estamos siguiendo desde el comienzo. Mientras los almanaques permitían que cientos de miles de personas consumieran astrología de forma relativamente sencilla, especialistas como Lilly trabajaban con sistemas mucho más complejos. Astrología popular y astrología técnica coexistían dentro de la misma sociedad, y a veces eran practicadas por la misma persona.
Treinta mil almanaques al año
Durante el Protectorado de Oliver Cromwell, el almanaque de Lilly llegó a vender alrededor de 30.000 ejemplares anuales. Esto ayuda a poner en perspectiva su notoriedad: Lilly no era únicamente un profesional que recibía consultas privadas, sino también un autor con una audiencia enorme para los parámetros del siglo XVII. Sus lectores podían seguir sus predicciones año tras año.
Y Farnell añade otro dato revelador: en el momento de mayor actividad, Lilly atendía unas 2.000 preguntas astrológicas al año. Eso supone varias consultas cada día.
La astrología era para él simultáneamente profesión, actividad editorial, participación política y fenómeno público.
Acabó en prisión por una predicción política
En 1652 volvió a cruzar una línea peligrosa. Había pronosticado que el ejército y el pueblo se unirían para derribar al nuevo gobierno. Aquello provocó su detención.
Consiguió modificar parte de lo escrito antes de comparecer ante el tribunal y finalmente pasó trece días en prisión.
El episodio muestra hasta qué punto las predicciones astrológicas podían considerarse políticamente relevantes. No porque sepamos que produjeran los acontecimientos que anunciaban, sino porque circulaban públicamente y podían influir en cómo una sociedad interpretaba lo que estaba ocurriendo. El almanaque era también un medio político.
Cambiaron los gobernantes. Lilly sobrevivió.
La trayectoria política de William Lilly resulta difícil de encerrar en una etiqueta sencilla. Aconsejó a personas relacionadas con ambos bandos, se declaró partidario del Parlamento, ayudó indirectamente en un intento de fuga de Carlos I y mantuvo relación con figuras del régimen de Cromwell.
Tras la restauración de la monarquía tuvo que responder nuevamente ante las autoridades y juró lealtad al rey. Su amistad con Elias Ashmole, realista, anticuario y estudioso del ocultismo, contribuyó a facilitar su posición bajo el nuevo régimen.
La astrología había quedado atrapada dentro de las luchas políticas del siglo. Lilly consiguió atravesarlas casi todas.
Después llegó el Gran Incendio de Londres
En septiembre de 1666 Londres ardió durante varios días. Miles de edificios quedaron destruidos. La catástrofe generó investigaciones, acusaciones y teorías sobre sus causas.
William Lilly terminó teniendo que comparecer ante una comisión. ¿Por qué? Porque quince años antes había publicado una imagen simbólica que posteriormente fue interpretada como una predicción del incendio. En octubre de 1666 fue convocado por el comité encargado de investigar las causas del desastre. Finalmente quedó libre de cualquier responsabilidad.
La historia posee además un detalle extraordinario: durante el juicio celebrado al año siguiente contra varias personas acusadas de provocar el fuego, se llegó a afirmar que la fecha había sido elegida debido a las predicciones de Lilly.
No sabemos que su publicación tuviera relación causal alguna con el incendio, pero sí sabemos que su reputación era suficientemente grande como para que una predicción publicada quince años antes pudiera convertirse en materia de investigación parlamentaria después de una catástrofe nacional. Eso dice mucho sobre el lugar que ocupaba un astrólogo famoso en aquella sociedad.
También fue médico
Los últimos años de Lilly fueron bastante distintos. Se instaló en Hersham y estudió medicina. En 1670 obtuvo licencia para ejercer y combinó la práctica médica con la astrología. Cada sábado viajaba a Kingston para atender gratuitamente a personas con pocos recursos, según la biografía que recoge Farnell.
Murió en 1681, después de sufrir problemas de salud y perder la vista. Había vivido setenta y nueve años.
Durante ese tiempo había pasado de criado a propietario, de estudiante autodidacta a astrólogo célebre, de buscador de tesoros a autor de uno de los grandes tratados astrológicos de la época. Había aconsejado a políticos, vendido decenas de miles de almanaques, sido detenido y comparecido ante comisiones parlamentarias. Y había visto cómo la astrología podía ocupar un espacio enorme dentro de la vida pública.
¿Qué tiene Lilly que ver con nuestra historia del signo solar?
A primera vista, poco. Christian Astrology está muy lejos de una descripción simplificada basada únicamente en la posición del Sol.
Precisamente por eso Lilly resulta importante. Nos recuerda que la aparición de una astrología popular simplificada no ocurrió porque la astrología técnica hubiera desaparecido. En el siglo XVII coexistían dos mundos: por un lado, una disciplina capaz de producir tratados enormes, cálculos y consultas individualizadas; por otro, almanaques que podían vender cientos de miles de ejemplares y llevar astrología a lectores que nunca estudiarían un tratado técnico.
El futuro de la astrología popular dependería cada vez más del segundo mundo. Y durante el siglo XVII apareció otra tecnología editorial que terminaría superando incluso al almanaque como medio de masas: el periódico.
Farnell atribuye precisamente a Lilly la primera columna astrológica en un periódico. Ese dato vuelve a debilitar la conocida historia de que la astrología entró en la prensa por primera vez con R. H. Naylor en 1930. Habían pasado casi tres siglos desde Lilly.
Sin embargo, el gran prestigio que había alcanzado la astrología durante su época no duraría indefinidamente. Pronto llegaría un personaje que convertiría a uno de los astrólogos más conocidos de Inglaterra en objeto de una sátira memorable.
Su nombre era Jonathan Swift. Y consiguió algo bastante peculiar: anunciar la muerte de un astrólogo que seguía perfectamente vivo.
Mañana: la extraordinaria broma de Jonathan Swift que convirtió la muerte de un astrólogo vivo en noticia nacional.


