Antes de que existieran los signos, el mes de nacimiento ya importaba
La verdadera historia del signo solar · 02/30
Dejamos abierta una pregunta en la primera entrega.
Si R. H. Naylor no inventó la astrología de signo solar en 1930, ¿hasta dónde tenemos que retroceder para encontrar sus antecedentes?
La respuesta empieza a ser incómoda para cualquier historia sencilla: no hablamos de unas décadas, ni siquiera de unos siglos. Tenemos que viajar varios miles de años hacia atrás, hasta un mundo en el que todavía no existían Aries, Tauro o Géminis tal como hoy los entendemos.
Allí encontramos algo sorprendente: mucho antes de que existiera nuestro zodiaco de doce signos, ya había culturas que relacionaban el momento del nacimiento con el destino de una persona.
Antes del signo estaba el presagio
La astrología babilónica no nació preguntándose cómo era una persona por haber nacido bajo determinado signo; su preocupación era muy distinta.
Durante los siglos XVII y XVIII a. C., Babilonia fue un importante centro de presagios y profecías. El cielo formaba parte de un mundo en el que todo podía contener un mensaje: eclipses, fenómenos meteorológicos, movimientos planetarios o acontecimientos extraordinarios.
Los astrólogos observaban el cielo para intentar anticipar qué podía ocurrir en la Tierra. Pero aquella astrología tenía fundamentalmente una dimensión colectiva.
Importaban el rey, el reino, las guerras, las cosechas, las amenazas y la estabilidad política. El cielo todavía no estaba hablando principalmente de ti, sino de acontecimientos colectivos y del destino de quienes gobernaban.
Gran parte de aquella tradición acabaría recopilándose en una extensa colección de presagios conocida como Enuma Anu Enlil, organizada aproximadamente hacia el año 1000 a. C. La idea que había detrás resulta fundamental para nuestra historia: lo que sucede arriba guarda alguna relación con lo que sucede abajo.
Todavía estamos lejos de nuestro horóscopo de periódico, pero una de sus raíces ya está ahí.
Un niño nace. Y el mes importa
Entonces aparece una pista mucho más interesante. Kim Farnell señala unos textos hititas del siglo XIII a. C. como la referencia más antigua conocida que puede relacionarse con una forma primitiva de astrología solar.
Los hititas habían entrado en contacto con Babilonia y, en esos textos, encontramos una idea sencilla: el destino de un niño depende del mes en que nace.
Conviene detenerse aquí, porque todavía no estamos hablando de un signo solar en el sentido actual. No existía alguien diciendo «este niño es Capricornio», ni teníamos una carta natal como la que levantaríamos hoy. Lo importante es el principio que empieza a aparecer: el periodo del año en el que nace una persona puede relacionarse con lo que esa persona será o con lo que le ocurrirá.
La distancia entre esa idea y nuestro «¿cuál es tu signo?» sigue siendo enorme. Pero el camino ya ha comenzado.
El zodiaco tampoco apareció terminado
Tenemos tendencia a imaginar el zodiaco como si los doce signos hubieran existido desde el comienzo. No fue así.
Durante siglos, los observadores del cielo fueron reconociendo constelaciones, registrando movimientos y desarrollando formas cada vez más precisas de medir el tiempo. Al principio, la trayectoria anual del Sol podía dividirse de formas mucho más sencillas: el año tenía sus estaciones, las constelaciones servían como puntos de referencia y el calendario se fue perfeccionando poco a poco.
Hubo incluso un antiguo zodiaco babilónico que utilizaba dieciocho constelaciones, algunas de las cuales siguen resultándonos familiares y otras que desaparecerían de la estructura zodiacal posterior.
Poco a poco, aquel sistema fue cambiando. Hacia el 500 a. C., los babilonios estaban avanzando hacia la organización zodiacal que acabaríamos reconociendo. Farnell señala una fecha particularmente concreta: 419 a. C. En una tablilla babilónica de ese año aparecen ya los doce signos del zodiaco que conocemos.
No significa que aquel día alguien inventara el zodiaco. Las transformaciones históricas raramente funcionan así. Significa que para entonces disponemos de evidencia de que esa división en doce partes ya estaba en uso. Y a comienzos del siglo IV a. C., la astrología babilónica había avanzado hasta poder situar los movimientos del Sol, la Luna y los planetas dentro de ese zodiaco.
Ahora tenemos otra pieza de nuestro puzle. Primero, el cielo y los acontecimientos terrestres estaban relacionados. Después, el momento del nacimiento empezó a vincularse con el destino individual. Y finalmente, apareció una estructura zodiacal capaz de situar al Sol, la Luna y los planetas.
Todavía falta mucho, pero empieza a resultar difícil sostener que la relación entre nacimiento y signo sea una ocurrencia moderna.
¿De dónde salieron Aries, Tauro o Escorpio?
Esta es una de esas preguntas para las que nos gustaría tener una respuesta limpia. No la tenemos.
Farnell señala que algunas constelaciones pueden haber recibido su nombre por su apariencia. Géminis contiene dos estrellas particularmente brillantes que podían sugerir unos gemelos. Escorpio resulta más fácil de imaginar por su característica forma. Pero no sabemos con certeza cómo surgieron todos los nombres ni, sobre todo, cómo llegaron a asociarse determinadas cualidades con cada signo.
Eso es todavía más interesante. Porque una cosa es dibujar una figura en el cielo. Otra muy distinta es afirmar que alguien nacido bajo determinada región zodiacal tendrá cierto carácter o cierto destino.
Y sabemos que esas asociaciones aparecieron muy pronto. Farnell sitúa características atribuidas a los signos al menos desde el siglo III a. C. A partir de ahí empieza a aparecer algo extraordinariamente familiar.
Personas diferentes según el signo bajo el que nacieron
Algunos textos babilónicos conocidos como zodiologia describían el destino de las personas nacidas bajo determinados signos. No se limitaban al futuro: también podían describir su apariencia, su carácter y su destino.
Aquí empezamos a acercarnos mucho más a algo reconocible. Una persona nace bajo un signo, ese signo se relaciona con determinadas características, y esas características ayudan a describir cómo será esa persona.
Han pasado más de dos mil años y la estructura mental sigue resultándonos familiar. Lo que actualmente puede ocupar veinte líneas en una revista o una publicación de Instagram pertenece a una historia muchísimo más antigua.
Una astrología para quien no podía pagar un astrólogo
Hay otro detalle que me parece especialmente importante. Levantar e interpretar un horóscopo individual requería conocimientos especializados: era complejo y podía resultar caro. Pero conocer el periodo del año en el que habías nacido era muchísimo más sencillo.
Farnell hace aquí una observación que será fundamental durante toda nuestra serie: las formas simplificadas de astrología permitían acceder a ella a personas que no tenían los conocimientos ni los recursos necesarios para obtener una interpretación astrológica completa.
En cierto sentido, ahí aparece una tensión que todavía existe hoy. Cuanto más simplificamos la astrología, más personas pueden acceder a ella. Pero cuanto más la simplificamos, más información dejamos fuera. No es un problema inventado por los periódicos del siglo XX. Tiene raíces muchísimo más antiguas.
Un hombre nacido bajo Tauro
La historia da otro pequeño salto cuando encontramos textos en los que el signo de nacimiento aparece de manera todavía más explícita. Farnell menciona un fragmento de los Manuscritos del Mar Muerto en el que se describe a una persona nacida durante el periodo de Tauro. El texto relaciona ese nacimiento con determinados rasgos físicos y con su destino.
No estamos ante una interpretación moderna de Tauro. Tampoco debemos leer estos documentos como si fueran versiones primitivas de nuestras actuales descripciones zodiacales. Son productos de otro mundo, otra cultura y otra concepción del destino. Pero el principio vuelve a aparecer: nacer bajo determinada zona del zodiaco significa algo acerca de la persona.
Llegados a este punto, nuestra pregunta inicial empieza a cambiar. Quizá nunca encontremos a una persona concreta que un día dijera: «He inventado la astrología de signo solar». Probablemente porque la historia no ocurrió así.
Lo que encontramos es una acumulación lenta de ideas: observar el cielo, relacionarlo con los acontecimientos, organizar el tiempo, crear el zodiaco, vincular el nacimiento con el destino, atribuir características a los signos y hacer que parte de ese conocimiento pudiera usarse sin necesidad de levantar un horóscopo completo. Pieza a pieza, durante siglos.
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Pero todavía queda un problema. Los grandes sistemas astrológicos del mundo antiguo acabarían enfrentándose a guerras, invasiones, cambios religiosos y a la desaparición del Imperio romano de Occidente. Podríamos pensar que una tradición tan especializada difícilmente sobreviviría. Y, sin embargo, sobrevivió. A veces en libros, a veces en monasterios, a veces en calendarios, y otras veces en lugares mucho menos académicos.
Mañana: ¿desapareció realmente la astrología durante la llamada Edad Oscura?


